martes, 30 de septiembre de 2008

Inicios...

Lo que sigue a continuación es un breve extracto de una entrevista (concedida a Simon Birrell y aparecida en el número 6 de la revista Quatermass) al dibujante de tebeos y director de cine José Ramón Larraz.

"No siendo un hombre de cine, ¿qué circunstancias te llevaron a hacer tu primera película?

Verás, mi mujer y yo vivíamos en Bruselas; estuvimos cinco años. Yo era dibujante de cómics, y después durante una temporada fui fotógrafo de moda. El cine me encantaba, e iba mucho. Te contaré una anécdota estupenda. Yo era un cliente asiduo del Cine Beaux Arts de Bruselas, y en una noche de invierno, con un frío terrible, sólo había dos espectadores en la sesión: un señor bajito y con barba, y yo. Aquella sesión formaba parte de una retrospectiva íntegra de Josef von Sternberg y constaba de dos películas suyas. Tras la primera, salí al vestíbulo a fumar un pitillo, e igual hizo el otro, pero él fumaba en pipa. Yo entonces tenía 35 o 36 años, y el otro era mayor. Hablando un francés con un acento entre anglosajón y alemán me preguntó: '¿Le ha gustado la película?'. Yo contesté: 'Pues sí, mucho. Me ha emocionado. Al final, con William Powell y la bandera rusa, casi me echo a llorar'. Mientras, el proyeccionista, que era amigo mío y se llamaba Jean Victor, me hacía señas por detrás del señor, sin que yo entendiera el por qué. ¿Qué querría Jean? Entramos a ver la segunda película, cada cual en su asiento, y al salir el señor se me acercó otra vez y me dijo: 'Permítame que me presente. Soy Josef von Sternberg'. Imagínate mi impresión... Como era muy tarde, nos citamos para comer al día siguiente. Y después nos seguimos viendo. Para comer, para cenar. Hablábamos mucho de cine, claro, me contaba cosas de cuando hizo El ángel azul, de Marlene Dietrich, que preparaba comida para todo el equipo. Así, me fue animando a dirigir. Recuerdo cuando me dijo, textualmente: 'Haz una película. Como puedas, pero hazla'. Yo contesté: 'Pero me han dicho que necesitas un distribuidor'. Y él respondió: 'Si la película es buena te la quitarán de las manos'."

miércoles, 24 de septiembre de 2008

Otro cine español es posible

No es que me vaya mucho el copypaste, pero al hilo de un apasionante tema de debate abierto con la conversación que mantuve con Óscar Aibar (el actual cine español y la altenativa del cine de género), he decidido colgar esta interesante reflexión del guionista de cómics, cine y televisión David Muñoz. El texto, "Pensando en voz alta", está extraído de su excelente blog Así (no) se hizo (http://anshdmp.blogspot.com/).


En varios de los últimos textos que el guionista y director Nacho Vigalondo ha colgado en su blog, analiza (creo que con bastante tino) algunas de las razones del aparente desencuentro entre el cine español y su público potencial. Entre otras cosas, dice: “Haciendo recopilación y análisis de todas las quejas que se lanzan contra el cine de nuestro país (las mías incluidas) encontramos el epicentro del disgusto en la cuestión del contenido, del género, o mejor dicho la falta de género. Parece ser que las películas españolas se abalanzan sobre ciertos temas (denuncias sociales, retrato de la marginalidad, desencuentros urbanos, comedias de café y cuernos, conflictos políticos, trascendencias cotidianas) e ignoran todos los demás. Hasta el punto de que, en nuestras conversaciones, y en la estantería de DVD's de El Corte Inglés, el cine español se considera un género en sí, no una nacionalidad. Un género del que estamos más que hartos”. Después, Nacho sigue explicando que pese a que esa “queja genérica” es una de las más habituales a la hora de -como diría Joaquín Reyes- “medirle el lomo” a nuestro cine, luego vas a un festival de cortos dirigidos por jóvenes cineastas que probablemente comparten esa opinión y... ¿con qué te encuentras? Pues que, salvo por su duración, sus películas no se diferencian tanto de las tres o cuatro “españoladas” que se estrenan cada semana en los cines. ¿Qué ocurre entonces? ¿Es que estamos tan condicionados, como también apunta Nacho, por nuestra tradición que nos parece imposible ser capaces de contar de forma creíble algo que nos aleje radicalmente (y sin la coartada de la comedia negra) del costumbrismo que de forma casi automática asociamos al adjetivo “español”?

Al empezar a escribir esta entrada tenía la intención de enumerar las respuestas clásicas a dicha pregunta: que sí, que tenemos el cerebro tan colonizado por el cine norteamericano que nos resulta difícil creernos que determinadas historias puedan transcurrir en nuestras calles *; que no es eso, sino que lo que hay es muchos productores (la mayoría) alérgicos al cine de género... En fin, lo de siempre. Creo que no hace falta que siga, porque ya nos las sabemos todos de memoria y ninguna llega a resultar del todo satisfactoria. Para desentrañar el misterio de nuestra alergia al género y determinar cuándo, cómo y porqué empezó a convertirse en norma y no excepción me temo que haría falta un trabajo de investigación mucho más serio del que podemos llevar a cabo los “bloguionistas”. En realidad, lo que más me dio que pensar del texto de Nacho es la paradoja evidenciada por los cortometrajes que se producen en España, sobre todo porque tiene que ver con algo que pasa siempre el primer día del taller de escritura que llevo en la Universidad Pontificia de Salamanca. Tras presentarme, suelo explicar que el trabajo que vamos a hacer en el taller va a consistir en (si todo va bien) escribir la primera versión de un guión de largo. Para empezar, lógicamente lo primero que quiero es que me cuenten sus ideas. Pues bien, el 90% de dichas ideas son variaciones de las que habitualmente maneja ese dichoso “cine español”. Por ejemplo, alumnos que lo más que saben sobre la inmigración es lo que han leído en los periódicos, se empeñan en escribir historias protagonizadas por africanos que cruzan el estrecho en patera. Y antes de que alguien me malentienda, me gustaría aclarar que por mí pueden escribir esa historia o cualquier otra (yo también he escrito, y por iniciativa propia, guiones de temática social y/o costumbrista). Pero lo importante es que lo hagan porque realmente les apetece escribirla. Se tarda mucho en terminar una primera versión de un guión, así que más vale que te apasione lo que estás contando si no quieres hartarte de él antes de llegar al segundo acto. Sin embargo, normalmente después de hablar con ellos un rato suelo descubrir que, por un lado, su historia no les interesa tanto como debería y, por otro, que puede que acaben escribiendo el guión de una película que nunca pagarían por ver una vez rodada. Entonces, ¿por qué lo hacen? Pues suele ser porque (algunas veces de una manera inconsciente) en cuanto llega el momento de pasar de la teoría a la práctica se ponen automáticamente el chip de guionista español y sólo se plantean escribir lo que SE SUPONE QUE DEBE ESCRIBIR UN GUIONISTA ESPAÑOL. También hay algunos que, más cínicamente, se dicen: “Si el cine que se rueda en España es de X manera, pues eso es lo que yo tengo que escribir si quiero conseguir vender el guión y acabar ganando un Goya”. Pero son los menos. En todo caso, como yo estoy convencido de que escribir gratis algo que no te crees es una buena manera de empezar a odiar tu futuro oficio, procuro que sean sinceros consigo mismos y que escriban lo que de verdad les apetezca y no lo que suponen que espera de ellos ese ente ilusorio llamado “cine español”.

Puede que el problema "genérico" empiece por los propios creadores, que a menudo renunciamos a nuestra identidad intentando encajar en una industria cuya primera exigencia parece ser transformarnos en aquello que teóricamente despreciamos. Cosa que no sé si les ocurre a los cortometrajistas de los que hablaba Nacho. Aunque me da que algo de eso podría haber. Todos queremos gustar, y más en una primera cita. A ver si uno de estos días escribo algo sobre mi experiencia como (casi exclusivamente) guionista de género, porque me parece que puede servir para sacar alguna conclusión interesante sobre cómo funciona nuestra industria.

* El cine ha transformado hasta tal punto nuestra percepción de Estados Unidos que ya no somos capaces de diferenciar la ficción de la realidad. He vuelto recientemente de un viaje por la costa oeste y, cuando cuento que no sólo no he tenido ningún problema sino que, por regla general los norteamericanos me han parecido gente amable y poco amiga de meterse en líos (más bien es una cultura obsesionada por mantener las formas y por evitar los enfrentamientos; y, si bien es cierto que en ciertos casos eso provoca una tensión subterránea algo molesta, pocas veces llega la sangre al río), hay quien me ha mirado con escepticismo, como diciendo: “ya, ya... eso es que has tenido suerte...”. Como si por las infernales carreteras de Death Valley y sus 50 grados a la sombra uno tuviera que encontrarse necesariamente con la familia de mutantes psicopáticos de Las colinas tienen ojos.

domingo, 21 de septiembre de 2008

Una razón más para odiar la publicidad

Como mi hermano Antonio me ha hecho ver, el anuncio de la cerveza Mixta, máximo exponente de la corriente de mongolismo e hiperrepetición de la publicidad de masas que nos toca vivir, no sólo es una puta mierda de spot sino que además parece un plagio.

Me refiero en concreto al anuncio del tipo que hace beatbox ayudado por el montaje. Aunque acostumbréis a encender la tele sólo 30 segundos al día, calculo que lo habréis visto al menos un millón de veces. En todo caso, el anuncio lo tenéis en youtube, con el nombre de los responsables y todo
http://es.youtube.com/watch?v=VsI63etMsWA (me niego a colgarlo aquí, por supuesto).

Pues bien, como pasa habitualmente en los anuncios, la cosa se parece sospechosamente mucho a otra anterior, en este caso a un video de este hombre, un joven montador nórdico llamado Lasse Gjertesen, al que además le honra el haber rechazado (dicen en youtube) una oferta publicitaria de la mismísima Cocacola.

Aquí tenéis el video y una razón más para detestar la lobotomía audiovisual pauloviana de la cerveza Mixta.



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Los Taquis en el MUSAC

El videoclip que el amigo Luís López Carrasco grabó junto al amigo Ion de Sosa ha sido seleccionado de entre más de cien videos (que se dice pronto) en el certamen Videolife, un concurso de videoclips que se celebra en el prestigioso Museo de Arte Contemporáneo de Castilla y León (MUSAC).

No sólo nos alegramos por don Luis, el señor Ion y el caballero Rafael Ayuso, la otra mitad de los Taquicardigans, sino que además os pedimos que votéis su video en la página del concurso [http://www.musac.es/videos.php]. Existe un premio del público que consigue aquel que más votos reciba en la web. Así funciona el concurso. Así que ya sabéis, si queréis ver a los Taquicardigans y a Luís López contentos, más contentos incluso de lo que lo están ya en ese selecto grupo de seleccionados, al lado de gente de la talla de Los Planetas o M Ward, ¡¡¡CORRED A VOTARLES!!!

El video lo tenéis en la página de Videolife pero nos enorgullecemos de ofrecéroslo también aquí.

SUERTE AMIGOS. Y el resto, ¡A VOTAR! El video lo vale, ellos también.

AYUDAD A QUE SE HAGA JUSTICIA EN LEÓN.


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(El proceso de la votación, tíos vagos, es sencillísimo: un correo, un nombre, un password y listos.)

sábado, 20 de septiembre de 2008

Entrevista a Óscar Aibar (parte 1): Cultura popular y algún Crack-Up

Nadie más adecuado que Óscar Aibar (Barcelona, 1967) para ser entrevistado por E&S. Su obra recoge y bebe de las mejores aportaciones y propiedades de la cultura popular y las sintetiza en pequeñas joyas autorreflexivas: Guionista todoterreno de tebeos y autor de varios cómics considerados de culto; director de películas fundamentales en el cine joven español como la maldita y muy bizarra Atolladero (1995), la extraordinaria Platillos volantes (2003), obra cumbre y guía de lectura de su cine, y la tan alucinante como desprejuiciada La máquina de bailar (2006); y escritor del libro de relatos Tu mente extiende cheques que tu cuerpo no puede pagar (Debate, 2002) y las novelas Los devoradores de tiza (Caballo de Troya, 2004) y Making of (Mondadori, 2008). Actualmente, prepara un telefilme con guión del escritor Alberto Sánchez Piñol y un heterodoxo biopic de Vázquez en el más puro estilo American Splendor (Shari Springer Berman & Robert Pulcini, 2003).

Debido a las características del formato blog, lo que sigue a continuación es la primera parte de la conversación, especialmente fructífera, que mantuvimos JJ y yo con el director y narrador barcelonés una tarde de la semana pasada. En ella hablamos sobre su etapa iniciática como guionista estrella de cómics y de sus primeras experiencias cinematográficas, así como del traumático rodaje de su ópera prima, cuyo delirante proceso acaba de ser recogido en Making off. En breve, la continuación.

Tus inicios fueron en el mundo de los cómics. ¿Cómo comenzaste a publicar?

Comienzo haciendo trabajos no de autor, para agencia (una cosa que se hacía entonces: por ejemplo, series infantiles para Alemania), esto como guionista. Porque yo empecé como dibujante, pero era bastante mediocre; me gustaba más contar las historias que luego pasarlas a tinta y todo eso..., lo hacía muy mal. Entonces, Toutain me dio la oportunidad de hacer mi primera serie de autor con (Fernando) de Felipe, que era Nacido salvaje. Luego hicimos el libro, que se vendió muy bien, y entramos en el cómic de autor. Fue una época maravillosa, quizás la última gran época antes de la debacle, donde al final de cada mes el día del cobro te encontrabas con (Jordi) Bernet, Juan Jiménez..., una época mítica.

¿Cómo te las arreglaste para trabajar en publicaciones tan diferentes como El Víbora y Makoki (máximos exponentes de la “línea chunga”), Cairo (ídem de la “línea clara” española, o “Nuevo Renacimiento”, y rival estético de la anterior) y las diversas revistas de género de Josep Toutain (Tótem, Zona 84, Creepy...)?

Bueno, era guionista. Entonces había pocos guionistas, muy pocos en realidad, a lo mejor porque el trabajo de guionista de cómic es mucho de psiquiatra. Yo creo que a los editores les gustaba mucho lo que hacía porque, por ejemplo, si el dibujante era bueno haciendo edificios, yo le hacía una serie de arquitectura, urbana; si era bueno dibujando coches, pues una serie de carretera americana. Potenciaba mucho al dibujante. Y luego, sobre todo, que tenía una obsesión, una especie de guerra personal contra el “Continuará...”, que se estaba cargando los cómics. Había un exceso de “Continuará...”. Como no había muchos guionistas, los dibujantes comenzaban a escribir en la viñeta uno, acababan en la otra, y no se preocupaban de que el lector tuviera la satisfacción de leer en una revista el principio y el final de una historia. Y entonces lo que yo propuse es hacer series: tú tenías un número de páginas que contaban una historia y luego se podía publicar un libro con un número aproximado de ellas. Eso daba satisfacción al lector y una continuidad a la revista, que el “Continuará...” se estaba cargando. Porque era un rollo muy de pajilleros: te comprabas un cómic y no entendías la historia, tenías que comprarte todo el álbum... Lo que yo buscaba era satisfacción inmediata, o sea, seguir el estilo Warren o Creepy, contar una historia en cada episodio. Y la verdad es que fue una etapa muy bonita: cada mes tenías que hacer una de ciencia-ficción, otra de línea clara moderna para Cairo..., era muy divertido.
También trabajaste un tiempo en la editorial Bruguera, donde conociste a los míticos Ibáñez y Vázquez. Háblanos de tu experiencia allí. ¿Llegaste a conocer a otros dibujantes, como Raf, JAN, Fresno´s...?
En esa época de cómics no de autor, una de mis experiencias surrealistas fue cuando Bruguera tenía demandado a Ibáñez y se organizó un equipo de “negros” que dibujó las historietas de Mortadelo y Filemón; yo hice algunas protagonizadas por el profesor Bacterio. Pero no las tengo. Siempre las busco, pero hay tantos millones de historias de Mortadelo que son muy difíciles de encontrar. Pero sí que se publicaron, las llegué a ver. En cuanto a los otros que me preguntas, Toutain me encargó para el dominical de El Periódico una sección que se llamaba “Héroes del cómic”, donde yo tenía que entrevistar cada semana a todos estos. Y los conocí a todos: Vázquez, Raf... Con Raf estuve a punto de hacer una serie. En alguna parte tengo un guión y unos bocetos. Era un tío genial, el creador de Sir Tim O´Theo. Y esa serie se iba a llamar Haberlas, haylas, y era sobre unas brujas. Pero al final nunca se hizo. También entrevisté al autor de Deliranta Rococó, Martz-Schmidt, que era un gay de Cartagena que tenía una escuela con chavalillos (risas)... Muy raro, con peluquín, que, de pronto, te soltaba: "Sí, tengo la legión de honor francesa". ¡Y la tenía realmente! Era una gente impresionante. Yo tenía 20, 22 años, y, claro, para mí aquello era increíble.

Richard Corben y Josep Toutain

¿Podrías hablarnos de Toutain? A pesar de su innegable importancia como dibujante, guionista, editor, agente y divulgador, es un personaje muy polémico y discutido.

Para mí es uno de los tíos más increíbles que he conocido en mi vida. Yo lo adoraba. De hecho, cuando me dijeron que se había muerto, que me enteré un año después, se me cayó el corazón al suelo. Era un loco de película, un tío genial, un romántico de los cómics, muy loco de los cómics, que tenía una manía persecutoria con la televisión. Él decía que la televisión iba a acabar con todo, y realmente así fue. Bueno, os habrán contado mil cosas, yo os voy a contar una muy divertida: yo jamás tuve problemas de cobro con él, pero cuando no cobrabas, o, de pronto, un amigo iba, yo qué sé, al Amazonas de viaje y veía un cómic tuyo y tú ibas a ver a Toutain y le decías: "¿Qué pasa que no me has pagado los royalties?". Entonces él: “¡Que venga el de los royalties!", y le pegaba una charla: “¡Pídele perdón a este pedazo de artista...!”. Luego, me confesó: “Te voy a contar mi secreto: yo siempre contrato vegetarianos. Les puedes decir de todo, y no pagarles, ¡y no pasa nada!”. Él era así, un loco genial, y a mí me cogió mucho cariño de joven y me dio, por ejemplo, el lujo de hacer un Torpedo con Bernet, apócrifo. Me dejaba hacer todas las cosas que yo quería, y yo incluso le recomendaba dibujantes, por ejemplo, Miguel Ángel Martín. Yo era muy fan de Miguel Ángel Martín, pero él no quería publicarlo, porque le parecía una cosa obscena y muy moderna... Pero le insistimos mucho y fue renovando un poco los contenidos. Era un personaje absolutamente de novela, de los que ya no hay; locos de estos en el mundo de la cultura española no quedan. Fue el primero que apostó por mí, cuando yo tenía 17 años. Me acuerdo del primer día de cobro: “Hostias, voy a conocer a los grandes”, porque os confieso que lo del cine era para mí una quimera, una cosa imposible; y, de repente, llego ahí y veo a una serie de tíos en la sala de espera, con carpetas de cuero, la gorra, la pipa... ¡Y eran los malos! Los buenos estaban jugando al dominó con el portero, abajo. Ahí estaban Bernet, todos. “Es tu primera lección”, me dijo luego Toutain, “los buenos nunca se disfrazan de dibujantes de cómics” (risas). A ellos, claro, no les hacía falta. Era una época maravillosa, y, de repente, todo desapareció. Muchas veces me han preguntando cómo fue, pero es que no lo sé; en dos años, revistas que vendían 30.000 ejemplares pasaron a vender 2000, 1000; fue una caída en picado, algo salvaje. Recuerdo un Salón del Cómic, en el que todo el mundo estaba desesperado, preguntándose qué iba a pasar, y llegaron los japoneses y nos hicieron pasar a todos. Entonces yo pasé, porque querían contratarme como guionista, y me dijeron: “Bueno, pues, para empezar, tienes que escribirnos un guión para un dibujante..., bueno, da lo mismo, porque todos dibujan igual (claro, de ese rollo manga...); pero tiene que ser de una chica que va en bragas comandando una nave espacial y cae en un planeta de dinosaurios. 80 páginas”. “Perdone, pero yo soy guionista porque elijo la historia, ¿no?”. “No, no, no. Tú eres guionista porque haces la historia”. Así que nada, hasta luego, nunca me entendí, y casi nadie se entendió con ellos. De hecho, de mi generación el único que sigue trabajando profesionalmente, para Marvel y DC, es Pascual Ferry, que sigue haciendo muchas series, es el único que realmente ha triunfado. Pero los demás... Vi caer a gente con muchísimo talento, mucho más que el que he visto luego en el cine español, pero con diferencia. Gente que acabó viviendo con su madre, gente con un talento gráfico y narrativo que no he visto en ningún otro sitio. Y todo desapareció en dos años.

Como decías, a continuación publicaste varios comic–books: Nacido salvaje (1988) y ADN (1989), ilustrados por Fernando de Felipe, Atolladero, Texas (1990), por Miguel Ángel Martín, Los resucitados (1992), por Víctor Barba... Se trata de algunos de los trabajos más interesantes de los mejores dibujantes españoles contemporáneos. ¿Cómo surgieron estas colaboraciones?

Miguel Ángel Martín como te he dicho. Yo era muy fan suyo y lo defendí mucho para que Toutain lo publicase, porque es un dibujante excelente. Cuando venía a Barcelona, dormía en mi casa. Conseguimos que publicara y luego ya se hizo una carrera. La única serie con guionista que ha hecho es Atolladero, que se me ocurre cuando sale Makoki, la revista que reedita Felipe Borrallo. Este hombre me pide una serie y a mí se me ocurre Atolladero, tipo las novelas de Jim Thompson, a quien leía mucho por aquella época. Luego nunca hemos vuelto a colaborar. Cuando hice Atolladero, la película, no conté para nada con él (porque la película no tenía nada que ver con el cómic), y él se enfadó mucho. Yo incluso lo llevé a la rueda de prensa en Gijón, pero desde entonces... Cuando comencé a hacer cine, pasé a ser el enemigo de mucha gente de los cómics, lo que para mí fue bastante terrible. Para ellos era como si hubiese abandonado la nave o les hubiera pegado una bofetada. Y, luego, mucha de aquella gente, de Felipe, por ejemplo, ha acabado colaborando en cine, con (Jaume) Balagueró, etc., aunque entonces fue como si yo estuviera abandonando el barco. Pero para mí el cine era un sueño que, de repente, comenzó a hacerse real.

¿Comenzaste a realizar cortometrajes antes o después de abandonar el cómic? ¿Cuándo decidiste que querías dirigir?

Mi sueño era dirigir y comencé a hacer cortos en la facultad: 600, que no es más que un trabajo de clase, tipo American Graffiti, años 60, una cosa desastrosa, hecha en vídeo. Luego ya hice uno en 16 mm (Lo que vio el jardinero, 1991) y otro en 35 de boxeo, con Jorge Sanz, Perico Fernández..., Chihuahua (1993), que estuvo un año en salas de cine. Y entonces se quiso montar una revista de cómics y literatura y se reunió a una serie de expertos que éramos Bernet, yo..., y no recuerdo quién más, para que eligiéramos los materiales y todo eso. Se nos pagó muy bien durante casi un año, así que, de pronto, me pude permitir escribir un guión de cine. Dejé los cómics y me encerré con eso. Luego, cuando la revista estaba ya a punto de arrancar, buscamos un asesor, un coordinador editorial, y yo conocía a uno de una importante editorial que, además, me trataba muy bien. Lo contratamos. Pues su primera decisión fue echarnos a los cuatro (risas). Como te lo estoy contando: llamé a un tío, le di el puesto de trabajo y su primera decisión fue echarme. No te puedo decir el nombre, pero así fue. Y, de este modo, nació el guión de Atolladero, que fue una locura que me dejó bastantes secuelas psicológicas...


Vi Atolladero (1995) con catorce o quince años y, simplemente, aluciné. Lo más excéntrico que había visto en el cine español eran El caballero del dragón (Fernando Colomo, 1985) y Supernova (Juan Miñón, 1993), que además eran terriblemente mediocres. Entonces sólo estaban Mamá (Pablo Berger, 1988), Álex de la Iglesia, La Cuadrilla y Atolladero. Y aunque resulta fallida, es muy curiosa y diferente, hay ideas fantásticas y la segunda mitad es estupenda. ¿Qué querías contar exactamente con este western de ciencia-ficción?

Bueno, el auténtico pionero de un cine español diferente fue Álex (de la Iglesia). Todos vimos una puerta ahí cuando de repente pudo levantar Acción mutante, en la que que yo aparezco haciendo de minero del espacio... Fue increíble ver que ese cine que nos gustaba lo podíamos hacer. Y realmente fue entonces cuando me decidí a escribir el guión. Antes de que (Álex de la Iglesia) comenzara a el rodaje, yo ya me dije: “Tengo que hacer mi película de ciencia-ficción”. Ya en aquella época Álex era un personaje muy carismático, un tío con una inteligencia fuera de lo común y un carisma brutal.

Fue director artístico de Enrique Urbizu, ¿no? En Todo por la pasta (Enrique Urbizu, 1991).

Sí. Álex tenía un fanzine, No, que es una verdadera obra de arte. Y uno de los números era un especial Spielberg, especial (En busca del) Arca Perdida. Entonces todo el mundo en España se cagaba en el Arca Perdida, todos los progres, porque era una cosa yanqui y no sé qué. Sólo había tres o cuatro tipos en España que la defendían a nivel intelectual, que eran Álex y unos amigos suyos. Y a mí me convenció, para qué renegar de ella si era maravillosa. Y hubo un tío al que le dejaron publicar un artículo en el fanzine en el que decía que (la película de Steven Spielberg) no le molaba nada, pero que tuvo los cojones de razonar por qué; era Urbizu. Publicó aquel artículo en contra de Indiana y luego hizo su primera película, Tu novia está loca, que a Álex lo dejó tarumba. Nos escribíamos semanalmente, y me decía: “Este tío va a hacer una película con actores, con travelling, va a mover la cámara y todo”. Tengo una carta suya que dice: “Lengua de serpiente va a meterse y acabaré haciendo la dirección artística”. Así que quien comenzó todo, haciendo un cine que a mí no me gusta, fue Urbizu, que hizo que a Álex se le metiera en la cabeza hacer cine y dirigiese un corto, Mirindas asesinas. El origen, el germen, del cine español joven que hay ahora está ahí.

Recuerdo una crítica de Mirito Torreiro que era un análisis comparativo entre Atolladero y El convento (Manoel de Oliveira, 1995), que también se presentaba a concurso en aquella edición del festival de Sitges, como si tuvieran algo que ver...

Bueno, es que Mirito..., sabes que hace unos años dio el premio de la crítica en un festival en el que era jurado a una película de Manoel de Oliveira que pasaron con las bobinas cambiadas. Y dijo que es que nadie la había entendido, que era la expresión de su lenguaje en estado puro (risas).

Sin embargo, parece que tu segunda película, Platillos volantes, le gustó, te hizo una buena crítica.

En Sitges fueron a por mí. Yo reconozco que Atolladero es una película... irregular. No es redonda y en el libro (Making of) intento explicar por qué, y es que realmente todo se me fue de las manos: hubo muertes... Yo siempre he querido remontarla, llegue a hacer una versión remontada, saldrá en dvd... La reacción de la gente fue brutal, yo no me la esperaba. Entonces era muy ingenuo, no entendía que alguna gente era tan importante. Yo pensaba que hacías una película y luego la veía la gente, y ya está. Pero todo lo de en medio: periodistas, programadores..., gilipollas. Y resulta que son gente de la que no hay que pasar, tienes que bajarte los pantalones, tener mucha diplomacia... Yo no tenía ni idea. Era un chaval de barrio bajo, working class hero, que fue allí en plan chulo y, vamos... En la rueda de prensa, que la cuento en el libro, un tío levantó la mano y comenzó a ponerla a parir, y yo le respondí: “¿Cómo quieres que acepte la opinión de una persona que lleva esa bufanda?”. Se rieron dos personas, y el productor puso los ojos en blanco. Y, con los años, como tú dices, muchas de estas personas (Ramón de España, Torreiro...) han escrito artículos reivindicando la película, que es una cosa que, si hubiese muerto entonces, me hubiera perdido (risas).

¿Aquella entrevista con Ramón de España (o Ramón de Castilla, como lo bautizas en el libro) sucedió tal como la cuentas?

Eso es real; en realidad, en el libro debe haber como 1 % de ficción. Lo que pasa es que Ramón de España ya tuvo su lección, porque lo echaron de El País, y luego hizo aquella película (Haz conmigo lo que quieras, 2003)... El tío fue a saco. Recuerdo que, en la entrevista, nos sentamos y me dijo: “Toma. Esto lo he escrito yo. Si es tu siguiente película te pongo de puta madre”. Y yo, que era un gilipollas, porque ahora lo que soy es un lameculos, le tendría que haber dicho: "Oye, qué maravilla. Pero, por favor, déjame leerlo". Porque desde entonces le tengo pánico a esta gente. Pero, en su lugar, dije: “Mejor no, porque estoy trabajando ahora en otra cosa y te voy a engañar y vas a perder tu tiempo”. En fin, de todos modos, sobreviví. Este mundo es muy violento y, si no das esa imagen pausada, tranquila..., van a por ti. Y yo entonces daba una imagen demasiado dura y un poco arrogante. También es que creo que cuando tienes veinte años y eres arrogante es porque no tienes nada más. Y en lugar de amedrentarte, echas para delante. Y eso no gustó, no gustó nada. Ahí lo pagué.

La película es muy diferente del cómic original. ¿Cómo te planteaste la adaptación?

El guión era muy tarantinesco. De humor negro, muy directo, con muy buenas frases, con un toque como los cómics de Makoki. Pero, claro, cuando a la segunda o tercera semana de rodaje, se muere tu mejor amigo en tus brazos, comienza a derrumbarse el mundo a tu alrededor..., entonces se convirtió en una película triste. Y una cosa muy rara es una película de ciencia-ficción triste. Como la secuencia final de Blade Runner. Ahora está de moda, porque existe Gattaca, muchas otras. Pero entonces la gente no quiso entender.

Era ciencia-ficción, además, con estética de spaghetti western...

Sí, nadie lo entendió. Y, luego, la película llegó al Festival de Cine Fantástico y de Ciencia Ficción de Roma y ganó el premio del al mejor director. ¡Fueron (Vittorio) Storaro y (Ennio) Morricone quienes le dieron el premio! Morricone comentó que se trataba de una revisión muy interesante de su música en tono triste. La verdad es que cuando la estaba rodando, con Iggy Pop al lado, no pensaba que después existiese vida. Pensaba que la acabaría y me moriría, y ya está. Quería terminar la película y luego dedicarme a otra cosa, porque estaba sufriendo tanto... Llegó un momento en que decidí que iba a hacer la película que me saliera de los cojones, y que se jodiese toda el mundo. Me la jugué y lo pagué. Afortunadamente, he podido hacer más películas, pero fue una decisión, una cabezonería mía, que me salió mal.

El reparto es increíblemente ecléctico, pero muy adecuado. ¿Cómo conseguiste reunir a Iggy Pop y Oriol Tramvia?

(Risas) El primer punk catalán es Oriol Tramvia, una persona de la que llevo años intentando hacer un concierto especial y reivindicarlo, por eso sale siempre en mis películas. Hizo un disco que se llama ¡Bestia!, un directo grabado en 1977 en la sala Zeleste. Cuando , durante el rodaje, se lo puse a Iggy Pop, me dijo: "Esto es sonido Detroit, no puede ser europeo", y luego, cuando conoció a Oriol, con esa pinta de perdedor que tiene, el pobre... Y lo de Iggy fue porque cuando tienes 20 años eres muy audaz y piensas que todo es posible. Estaba un día paseando por las Ramblas cuando vi los carteles del American Caesar de Iggy y me dije: “Es perfecto para el personaje de Madden”. Un amigo mío tradujo el guión y se lo mandamos, al tío le gustó y vino, así como te lo cuento.


En Making of ficcionas el accidentadísimo rodaje de tu ópera prima, pero optas por hacerlo con humor. ¿Cuándo y por qué decidiste ponerlo por escrito?

Es una historia muy dolorosa para mí. Realmente lo pasé muy mal durante varios años después. Demasiadas desgracias; además, la película no fue como todos queríamos... Un desgaste de energía muy grande que pagué con tres o cuatro años bastante oscuros en mi vida... Y entonces... eh..., ¿cuál era la pregunta? Es que me he acordado de los años terribles y...

(Repito la pregunta)

Sí, sí. Pues todo el mundo que veía me preguntaba cosas de la película, del rodaje, y yo nunca quería hablar, aquello era muy doloroso para mí. Pero, de repente, hay un día en el que te sales como de ti mismo y te ríes de todo. Vaya tontería más divertida: la historia de un chaval de veintitantos que arrastra a toda esa gente y gasta todo ese dinero en un juguete gigante. Y piensas: “¿Por qué me escondo, si esta es una historia que puede ser cómica?”. Creo que tragedia más tiempo es igual a comedia; llega un momento en que te ríes de lo sufrido. Es como si a ti te deja la novia, te pasas tres años hecho polvo y, de pronto, un día te das cuenta y te ríes: "¿Pero cómo hice todas esas tonterías por ella?" Ese momento es maravilloso. De ahí surgió el libro. Creo que la literatura ha de ser balsámica. Uno de los grandes vacíos que hay en los libros es el humor. Hay muchos narradores que escriben de una manera demasiado intensa, y, de hecho, la mayor parte de mis autores favoritos son divertidos, tienen una mirada muy divertida. Pensé que aquella experiencia podía ser un libro divertido. Si hubiera sido terrible, trágico, nunca lo hubiera hecho, hubiese sido como hurgar en la herida.

El humor resulta entre esperpéntico y surrealista, pero hay también una mezcla de amargura y estoicismo (en especial, durante la estancia del narrador en el pueblo de Alcantarilla), que recuerda, en ocasiones, al Pat Hobby de Scott Fitzgerald...

Sí. Nunca lo había pensado, pero sí, tiene esa tristeza. Aunque pienso más en Bajo el volcán... Es un poco una tristeza edwoodiana, sobre el precio que tienes que pagar por realizar tus sueños. Una de las claves que me animó a escribir el libro es que decidí hablar del éxito tras el fracaso. Podía haberlo escrito en plan “he triunfado”, que, para nada, de vez en cuando hago una película y me dejan en paz, me pagan mis juguetes; pero yo no puedo escribir desde el triunfo. Tampoco creo ser un fracasado, pero sí que hubo unos años en que sentí el fracaso muy pegado a mi piel, porque todo el mundo me lo hacía sentir diariamente: la prensa, la gente que me llamaba... Entonces me lo creí. Pero una cosa que aprendes en la vida es que nunca te tienes que creer ni el éxito ni el fracaso, porque son igualmente falsos. Cuando una mañana sales en El País y te llama todo el mundo, ese día es tan mentira como cuando Mirito Torreiro te aconseja que te suicides. En la vida hay un momento en que comienzas a verlo con claridad. Y es en el que me encuentro ahora. He pagado mi precio por llegar a ello. No es que me resbalen las cosas, pero sí que las veo de una manera que me puedo reír de ellas.

Has nombrado a Ed Wood. Hay un momento genial en la novela en el que, cuando las cosas no pueden ir peor, el narrador recibe una visita nocturna de Orson Welles y Paco Martínez Soria, que le animan a continuar. Recuerda a otro encuentro igualmente ficticio entre Ed Wood y un Welles de imposible aspecto juvenil en el film de Tim Burton Ed Wood (1994).

Es verdad. Te juro que cuando lo escribí no lo pensé, pero luego sí que me di cuenta. Entiendo que en los festivales es muy guay hablar mal del cine español. Y yo soy una persona que ha hecho un esfuerzo muy grande por hacer cine que no parezca español, quizás la que más. Pero lo quiero, porque son nuestros técnicos, nuestra industria, es lo que hay, ¿no? Entonces ir de guay y decir: “No, a mí me gusta el cine francés, o el iraní”. Pues no, porque tú haces cine en España; plantas un trípode en Zaragoza, y es cine español. Cuando eres un cortometrajista, o un tío que quiere hacer cine, y tienes tu cámara, tu gente, tu equipo y tal, lo que te encuentras ahí delante es España, no estás en Hollywood. Yo digo siempre que hay un lóbulo en nuestro cerebro que es el Orson Welles, el cine que quieres hacer, las películas que te gustan, el cine americano... Y luego tienes otro lóbulo que es también lo que tienes delante, que es España, Paco Martínez Soria: la realidad. Pienso que el éxito es saber juntar esos dos lóbulos. Yo no he podido hacerlo, es muy difícil. Pero sí, por ejemplo, Santiago (Segura). Santiago ha conectado muy bien Hollywood con Paco Martínez Soria, y también Álex (de la Iglesia) en algún momento, no siempre... Pero yo siempre tengo esa lucha como de electrodos. Tienes que hacerlo para verlo. Te das cuenta de que estás encerrado en España, tienes unos técnicos españoles y una realidad española delante. No te tienes que meter nunca en el culo, como hacen otros, el cine que te gusta: entonces estás perdido; pero tampoco tienes que hacer sólo esa realidad. Entonces ese capítulo es una pesadilla que tiene el director intentando conectar esas dos partes. Se trata de aprender a conectar los sueños con la realidad.

Hablando del actor aragonés, al que le dedicaste un texto en Mondo Brutto ("Paco Martínez Soria, ese hombre"): ¿sabías que en Tarazona se celebra un festival de cine de comedia que lleva su nombre?

Sí; pero yo ya no paso por Tarazona. ¿Sabes que por ese artículo fui amenazado de muerte? Amenazas de muerte reales de una asociación que hay en Tarazona de amigos de Paco Martínez Soria. Con faltas de ortografía, mails que decían directamente que venían a por mí... Paco representa para ellos una serie de valores, que yo no puedo con ellos: para mí resulta la España mezquina, una especie de moralismo barato, el subconsciente chungo que tiene España. Lo acepto, pero, claro, mi lucha es contra eso. La reacción a ese artículo fue bastante triste. No sé, es una gente muy rara.

Del modo que describes en el libro a Pere Ponce parece que éste sea en realidad igual que Pedro, su personaje de Amo tu cama rica (Emilio Martínez-Lázaro, 1991).

¿Tú crees? Bueno, esa película la hizo porque así era él entonces. Era como Peter Pan, muy joven, como mágico.

¿Y en Atolladero no aparecía también Ariadna Gil?

Sí, en el sueño con la india, era ella. Pues Pere sigue siendo uno de mis mejores amigos. Es una de las mejores personas que he conocido en mi vida, a nivel de generosidad, comprensión, humanidad... Yo, que era un pequeño nazi cuando empezaba, aprendí a ser un poco más persona por Pere. Es un tío grande, grande de verdad, y muy buen actor.

Cuando el narrador explica por qué ha contratado a José Arenosa dice que su película española favorita era una historia de detectives de principios de los 80 en la que éste había encarnado al protagonista... ¿Se trata de La mano negra (Fernando Colomo, 1980) y de Mc Guffin?

Sí, mi película española favorita con diferencia. Es la gran película.

Recuerdo que el malo se llamaba Boyero...

A Colomo, siempre que me lo encuentro se lo digo, nunca hará nada igual. Y él me pregunta: “¿Pero por qué te gusta?”. No sabe lo que hizo, esa película es maravillosa. Es la hostia. Al parecer, el personaje de Mc Guffin está basado en un amigo de Fernando de los Salesianos. Él me decía: “Nunca he sabido sé si este tío está loco, o lo que dice es verdad”. Porque iba a su casa de vez en cuando y le soltaba: “Estoy preparando unas cosas con Israel y los del Mossad. Oye, te voy a dejar estos prismáticos que me han dado los marines”. Y se iba. Al cabo de un año aparecía y decía: “Ahora estamos con una operación secreta en Afganistán, no puedo contarte nada”. En la película, Joaquín Hinojosa tiene una vida de agente secreto, y el protagonista no se lo cree. Es una película sobre la verdad o la mentira y la necesidad de creer; tú, como público, necesitas creer que es verdad, que la realidad no puede ser tan cutre.

Es como el Johnny (Santiago Segura) de La máquina de bailar, con esa biografía increíble llena de misiones de espionaje internacional y éxitos en la pista de baile...

Sí, en parte de Platillos y otras cosas que he escrito, siempre toco dos temas básicos, que son el éxito y el fracaso, por razones obvias, y luego la necesidad de creer. Precisamente, el guión en el que estoy trabajando incluye una frase que dice: “A nadie le gustaría vivir en un mundo en el que algunas de estas cosas no fueran posibles”. Y es verdad, a nadie le gustaría vivir en un mundo en el que la gente no tuviera nada que decir.

Continuará...

"Constantino juraba siempre por lo más sagrado que aquellos relatos eran absolutamente ciertos, y que los hechos podían ser ratificados por varios testigos, cuyos nombres ponía a disposición de los incrédulos para posibles verificaciones. Pero para mí eso era lo menos importante, ¿qué más daba que todo aquello fuera verdad o no? Yo disfrutaba como un niño con Constantino. Nos sentábamos en pijama en uno de los bancos del patio y le escuchaba con atención. De alguna manera me sentía como el joven grumete de La isla del tesoro, hipnotizado por las increíbles historias de piratas del viejo Long John Silver."

La química del desastre.

viernes, 19 de septiembre de 2008

Beauty Lies: un poster



























Pincha sobre la imagen para verla en grande.
Cortesía de Random Salazar.

Foto: David Bailey.

Ubuweb: Sound

Muchos conoceréis ya Ubuweb (ubu.com), el youtube de la vanguardia. Lo que no sé si conoceréis es Ubuweb: Sound (ubu.com/sound). La idea es la misma pero cambiando el video por el audio: ofrecer un archivo gratuito de la vanguardia artística internacional. Comenzaron recopilando lecturas de poetas (lo que los anglófonos llaman “spoken word”, y que viene a ser gente diciendo), pero últimamente han ampliado su catálogo a todo tipo de sonidos. Ordenados alfabéticamente encontramos a dadaístas, futuristas, fluxistas, minimalistas y un sinfín más de istas con sus correspondientes ismos. También, vanguardia contemporánea, con glitches, plunderphonics o drones.

El objetivo de la página es ofrecer “música descatalogada, difícil de encontrar o absurdamente cara”. Una labor cultural admirable. Ubuweb: Sound es una fonoteca excelente con información para meses y meses de investigación y de placer estético.

Entre los muchos y muchos artistas catalogados encontramos a gente de la talla de Laurie Anderson, Derek Bailey, Giacomo Balla, Jean Baudrillard, Joseph Beuys, Louis-Ferdinand Celine, William S. Burroughs, John Cage, John Cale, Guy Debord, Jaques Derrida, Marcel Duchamp, Max Ernst, Allen Ginsberg, Phillip Glass, John Zorn, Glenn Gould, David Grubbs, Eugène Ionesco, James Joyce, Yves Klein, Jaques Lacan, John Oswald, Ezra Pound, Yoko Ono, Terry Riley, Luigi Russolo, Eric Satie, Patti Smith, Tristan Tzara, Edgard Varése, William Carlos Williams o Frank Zappa.

En mi caso, encontré la página buscando un disco de drones de Catherine Christer Hennix, una alumna de La Monte Young. No sólo encontré lo que buscaba (“The Electric Harpsichord”, un drone cuyo título alude al clavecín eléctrico, primer instrumento en favorecerse de las capacidades de la electricidad, concebido a finales del XVIII, y con el que parece estar grabado) sino que además, de la misma autora, encontré otro largísimo drone de más de tres horas (que aún no he escuchado) y, sin tener que investigar mucho, di también con un disco precioso de Satie interpretado a la guitarra por un tal Pierre Laniau (un disco en el que curiosamente sus gnossiennes y sus gymnopedies suenan absolutamente griegas a través de esa guitarra).

Os recomiendo que investigéis, y especialmente a todos los fans de My Bloody Valentine y The Jesus and Mary Chain, os sugiero que os atreváis a escuchar “The Electric Harpsichord” de C.C. Hennix, un mantra eléctrico fulgurante y vivo, que no se encuentra en ningún sitio y que, gracias a Ubuweb: Sound, podéis conseguir inmediata, legal y gratuitamente. Qué más queréis.

Imágen: Sárasvati, diosa de la sabiduría, el aprendizaje y la Música (para algunos, de todo lo que fluye).

Cita obligada en San Sebastián y Sitges


En los días sucesivos, nuestros novísimos colaboradores Ibán Manzano y Pablo Maqueda irán dando cumplida cuenta de la programación y los diversos ciclos y retrospectivas del Festival de Cine de San Sebastián y el Cinema Sitges 2008, respectivamente.

jueves, 18 de septiembre de 2008

Entrevista con Mauro Entrialgo

Tras unos meses de poco profesional espera (esto es un fanzine, coño) se cuelga por fin la entrevista con el gran Mauro Entrialgo. Desde aquí le volvemos a agradecer a Mauro su amabilidad aquella tarde primaveral y el cedernos parte de su tiempo, así como el dejarnos entrar en su casa, ese edén de lo pop.
Gracias muchas a Luis López por el capital físico, a Natalia Acín por el providencial capital humano y al gran Antonio Gómez-Pan por el montaje y por haber rescatado la entrevista del olvido. Muchas gracias también a Pablo Gómez-Pan por sus consejos musicales.

Victor Boglar


video

martes, 16 de septiembre de 2008

Tocata en ja: Nuestro cine, el film ideal y el tío Oscar

Al parecer, las películas seleccionadas por la Academia de Cine con vistas a ser la candidata española a la mejor película de habla no inglesa en los Oscar son Siete mesas de billar francés, de Gracia Querejeta, Los girasoles ciegos, de José Luis Cuerda, y Sangre de mayo, de José Luis Garci.


Con esta cara nos hemos quedado en E&S

¿Por qué parece que el cine español envía a los de siempre con las historias de siempre (1)? Si la presencia del film de Garci, o de cualquier otro producto rancio y apolillado de Nickelodeon que se quiere heredero de Leo McCarey o José Antonio Nieves Conde y no pasa del peor José Luis Sáenz de Heredia, ya se ha convertido en todo un tópico, tampoco sorprende la elección de Gracia Querejeta, a la que ni el sólido apoyo de David Planell en el guión es capaz de insuflar algún brío como cineasta.

Lo de José Luis Cuerda todavía es peor. Director sobrestimado como pocos (la irregular Amanece, que no es poco sorpendió, por marciana, en el cine español de los 80, asolado por la ley Miró y sus esclerotizadas ilustraciones literarias, pero ¿no es muy superior la ignota Con el culo al aire, de Carlos Mira, en cierto modo antecesora de un sentido del humor, entre esperpéntico y surrealista?), últimamente empeñado en reverdecer ajados laureles (cf. la insoportable La educación de las hadas, con la que parece intentar volver al camino de la, esta sí, fabulosa El bosque animado), ahora va y adapta el excelente libro de Alberto Méndez y lo convierte en programa de sesión doble para aquel bodrio bienintencionado del otrora interesante Lazarus Kaplan, Las 13 rosas. Personalmente, me quedo con Mala racha, Pares y nones y la mentada El bosque animado.

Así que la pregunta es: ¿por qué no probar alguna vez con films como [Rec] (Jaume Balagueró y Paco Plaza), Los cronocrímenes (Nacho Vigalondo), 3 días (Francisco Javier Gutiérrez), La soledad (Jaime Rosales), Bienvenido a Farewell Gutmann (Xavi Puebla), El rey de la montaña (Gonzalo López-Gallego), Camino (Javier Fesser) o Una palabra tuya (Ángeles González-Sinde)?

(1) Es de suponer que la "bizarrísima" excepción sería El orfanato de J.A. Bayona y Sergio G. Sánchez.

"Superman II": El héroe frente al espejo


Por Ibán Manzano.

Permitídmelo, voy a ponerme nostálgico. Si hay algo que detesto del nuevo Batman es su empeño en jubilar los esquijamas. En su lugar, han decidido sustituirlos por un nuevo traje, aleación de no-sé-muy-bien-qué materiales que se han sacado de la manga y que, al parecer, posee propiedades para burlar la gravedad. Me gusta más, al menos en este sentido, Superman. Él no necesita excusas para volar. Así pasaba en Superman (Richard Donner, 1978) y en Superman II (Richard Lester, 1980). Caligráficas adaptaciones de lujo del cómic. Puede que no tuvieran la cabeza tan bien puesta como las últimas versiones del subgénero, pero a cambio el corazón lo llevaban muy bien colocado.

Ya sabemos que la principal diferencia entre ambas películas (la I y la II) es la sustitución de un Richard (Donner) por otro (Lester). Hay aquí un juego de matices importante. Superman es una película marcada por una inflexión de voz, la de Marlon Brando (icono todopoderoso), que le mide el pulso a su hijo pródigo. La película de Donner ilustra el origen del mito, desde que es el hijo algo freak de unos granjeros tejanos hasta que se convierte en superhéroe legendario, oculto bajo ese aspecto de protagonista masculino de screwball comedy, es decir, bajo el alias de Clark Kent. La segunda película, Superman II, añade un matiz importante, la madre cobra mayor presencia. Estoy firmemente convencido que Superman II no es una cinta inferior, sino un desvío femenino, en el mejor sentido del término -también en el más tópico, entiéndaseme-, del original.

¿Y de qué manera? Superman es una declaración en firme de amor de Donner a su personaje. Lester, en cambio, parece darse cuenta de algo. Superman es una película irrepetible, es imposible mantener la ingenuidad del personaje -Superman es el más cándido de los superhéroes-, sin acabar desvelando su naturaleza kitsch. Así que aplica al modelo unas cuantas dosis de autoironía. Cierto que el humor de Lester no es especialmente brillante, pero a cambio es necesario para descargar el relato. ¿Resultado? Una delicia camp, ligera que no menor.

En un giro todavía más femenino, Lois Lane cobra un protagonismo mayor en esta secuela, pasando de apunte necesario para la historia –la chica del héroe-, a contracampo para definir al mismo. Ese largísimo paréntesis de Superman II en forma de comedia romántica, no es en realidad una bajada de ritmo como a veces ha querido entenderse, sino la perfecta confrontación de Superman respecto a su propia humanidad. Hay una secuencia brillante, en este sentido: Lois Lane se arroja al agua convencida de que su colega Clark Kent es en realidad el hombre de acero. Clark se las arregla para salvarla sin desvelar su auténtica naturaleza. Ella, entonces, le reprocha con absoluta decepción: "Resulta que al final no eres Superman". La película acaba de cifrar uno de los mayores temores de lo masculino, la posibilidad –certeza- de la desilusión, del fracaso, de no ser, como creemos que somos, superhéroes. Ahí está la clave. Superman es la película sobre la forja de un mito, Superman II es su toma de conciencia. Su salida de la burbuja, el fin de su solemnidad. El mito autárquico, obligado a reflejarse en el espejo, a mirar al mundo (Lois), que hasta el momento no pasaba, como él, del mero arquetipo. Superman II es la película de una desilusión, la crónica de la decepción de una leyenda cuando descubre que no basta con ser un superhéroe para evitar el fracaso.

P.D.: Y es quizás así se pueda entender la debacle de los dos Supermanes posteriores (III y IV). Superman III (Richard Lester, 1983) fusiló al personaje al presentar como villano a un cómico de la época, lo que vulneró cualquier equilibrio. Superman IV: En busca de la paz (Superman IV: The Quest for Peace, Sidney J. Furie, 1987) presentó a Clark preocupado por el devenir del planeta Tierra, reconvirtiéndolo en el boy scout que siempre ha sido. Aunque eso sí, un boy scout, al que le robaríamos el dinero del almuerzo, después, por supuesto, de reírnos de él.

lunes, 15 de septiembre de 2008

Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer

David Foster Wallace (1962 - 2008)

"Después de los novelistas fashion de los 80 —grupo que tuvo en Jay McInerney a su patán y en Bret Easton Ellis a su única voz perdurable— y de los orfebres minimalistas del realismo sucio, Foster Wallace encabeza una polimórfica camada literaria caracterizada por haber sabido recoger la herencia de los experimentalistas del postmodernismo (Thomas Pynchon, John Barth, Robert Coover, Kurt Vonnegut, William Gaddis, etcétera...) sin renunciar a una clara voluntad de comunicación con el lector. Una generación capaz de alternar lo más elevado con las ocasionales zambullidas en las fosas abisales de la cultura popular. Su escritura, que en ocasiones tiene la textura de un meteorito llegado del espacio exterior, es un instrumento diabólicamente diseñado para verle los huesos (podridos) a una cultura americana sobresaturada de fatuo hedonismo: 'Tenemos 500 canales de televisión. Los americanos disfrutamos de un nivel de vida con un grado de exceso sin precedentes en la historia. No es raro que una generación como la nuestra se muestre infeliz, impotente y ansiosa', afimaba el autor en las páginas del periódico The Oregon Voice.
Foster Wallace puede hacer un implacable y feroz diagnóstico de la soledad y el espejismo de las relaciones humanas en la era posindustrial en dos escuetos párrafos, para, acto seguido, comenzar algún cuento con una meándrica frase sostenida durante tres páginas o abrir interminables notas al pie que pasan a convertirse en un universo paralelo (o un laberinto subterráneo) en el bajovientre de la acción principal. Tipos tan detestables como los que pueblan las películas de Neil LaBute (pero a los que logramos verles el alma fracturada), personas deprimidas cuyo victimismo invade como un cáncer las vidas ajenas o una colección de individuos secretamente atormentados por el rencor que sienten hacia un familiar agonizante son parte del material humano que le acredita como el perfecto diseccionador de la vida preservativa y aséptica del fin de milenio, una época donde las apariencias anodinas esconden volcanes morales a punto de entrar en erupción y donde los escritores inteligentes saben que hay que pedir disculpas al lector cada vez que utilizan la palabra sentimiento." (1)
(1) Extracto del artículo "David Foster Wallace & otros terremotos literarios", escrito por Jordi Costa (La Luna, número 154, viernes 21 de diciembre de 2001).

viernes, 12 de septiembre de 2008

La revancha de los novatos: Blanca Zombi

Damos la bienvenida a nuestra nueva colaboradora Blanca Zombi, que se estrenará próximamente con una entrevista al Señor Ausente, absence, el todopoderoso amo y señor de Spider Island, y muy pronto del resto del mundo gracias a su letal arma de terrorismo (sub)cultural El Blog Ausente.

Blanca es conocida sobre todo por su Carta al padre, una pequeña joya literaria que supone a la vez una estremecedora confesión y un implacable ajuste de cuentas con su progenitor: Astro, la ultraviolenta estrella de The Astro-Zombies (1968), la génesis de la familia de Blanca convertida en poscine por el infrarrealizador Ted V. Mikels.


Astro Zombi, repartiendo hostias como panes

Aviso para navegantes

Coincidiendo con el primer aniversario de Emergentes & Sumergidos, va a celebrarse una reunión con el fin de reunir fuerzas y azuzar a las nuevas huestes.
Recordemos brevemente la génesis del proyecto:
"Emergentes & Sumergidos nace como consecuencia de las inquietudes derivadas de los fanzines malditos Pánico y ¡Vais a morir! Ante la espantada que muy pronto se produce entre los virtuales colaboradores de estos proyectos fallidos, dos de ellos deciden continuar por su cuenta y riesgo la aventura de esbozar un nuevo periodismo joven y creativo, dedicado a la cultura (im)popular en todas sus vertientes (over y underground: "entre The New Yorker y la Mondo Brutto", al decir de uno de ellos) .
Un empacho de los iniciáticos Tratado del saber vivir para uso de las jóvenes generaciones, de Raoul Vaneigem, y Apocalípticos e integrados, de Umberto Eco (libro cuya traducción española llevó a cabo, precisamente, el abuelo de uno de nuestros inminentes colaboradores), y de publicaciones fundamentales como las mentadas The New Yorker y Mondo Brutto (a las que cabría sumar Film Ideal, Star, Terror Fantastic, National Lampoon, DeZine, No, 2000 Maníacos, Quatermass..., entre otras), así como la presencia aglutinadora del cineasta Ion de Sosa, terminan de consolidar el equipo de creación.
Somos los hijos de Pepín Bello, Perico Beltrán y Ben Tucker."

Children of the damned

jueves, 11 de septiembre de 2008

Mutantes en la Universidad: José Jara

¿Alguno de ustedes, jóvenes bárbaros, sabía ya que el realizador de la sórdidamente mítica película cuyo cartel ven a la izquierda (el primer acercamiento cinematográfico español a la transexualidad, producido inmediatamente antes que el inefable Cambio de sexo de Vicente Aranda, de la mano de Agata Lys, Vicente Parra, Paul Naschy y Paco España/Bibí Andersen) aguarda parapetado tras una cátedra de Dirección de cine (y alguna otra dedicada al Vídeo y Cine Experimental) en la madrileña facultad de Ciencias de la Información?

José (Royo) Jara nació en Casas-Ibáñez (Albacete), en 1940. Se licenció en derecho en 1962, y vivió diez años en Francia, Suiza, Inglaterra y el principado de Liechtenstein, donde ejerció, para sobrevivir, varias profesiones, entre otras la de embalsamador en la capital del principado, Vaduz. Perdió el virgo en la dirección con una adaptación de Niebla, de Miguel de Unamuno, también conocida como Las cuatro novias de Augusto Pérez (1976), y ha publicado, que uno sepa, una novela: Mater amantissima, que quedó finalista en el prestigioso, pero no por ello menos pajillero, Premio de Novela Erótica La sonrisa vertical, edición de 1979. El último film que se le conoce es el ignoto Le oasis des filles perdues (aka El oasis de las chicas perdidas, 1981), una coproducción hispanofrancesa, filmada con el heterónimo de John O´Hara (sic) y protagonizada por Antonio Mayans, Françoise Blanchard, Shirley Knight, Jack Taylor y Silvia Solar, que atufa a sub-Terror erótico de la época (incluso la música viene firmada por Daniel J. White, el compositor habitual de Jess Franco).

Un estudio, o una jugosa entrevista, están al caer.

martes, 9 de septiembre de 2008

Desperdicios recomienda: Revista Fantastique & El Blog Ausente

Ante la decisión de escribir estas líneas, he decidido dejarme de subterfugios y enfrentarme al fandom a cara descubierta. Lo cierto es que en el maremagnum de webs de naturaleza básicamente promocionera y blogs que se autoproclaman los mejores y más completos dedicados al cine de género y demás cultura (im)popular resulta bastante complicado encontrar una publicación verdaderamente interesante, con contenido: esto es, textos escritos con pasión y afán divulgador, y no exentos de rigor y juicio crítico. Entre mis preferidos, al margen del mentado tiempo ha Mundo Bocado de Robol (eminentemente visual, de todos modos: http://www.mundobocado.blogspot.com/), y otros que ya iré comentando, están el muy recomendable, reconocido y multipremiado El Blog Ausente (http://www.absencito.blogspot.com/), regido con mano de hierro y espíritu fanzineril por el gran absence desde la ignota Spider Island, y la fabulosa Revista Fantastique del exFangoria Javier Ludeña Fernández (http://www.revistafantastique.com/). En esta última podéis encontrar, además, una apasionante Historia sobre las revistas de cine fantástico en España (de Terror Fantastic a Scifiworld, pasando por Famosos Monters, Blade Runner, Fangoria o 2000 Maníacos).