lunes, 15 de septiembre de 2008

Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer

David Foster Wallace (1962 - 2008)

"Después de los novelistas fashion de los 80 —grupo que tuvo en Jay McInerney a su patán y en Bret Easton Ellis a su única voz perdurable— y de los orfebres minimalistas del realismo sucio, Foster Wallace encabeza una polimórfica camada literaria caracterizada por haber sabido recoger la herencia de los experimentalistas del postmodernismo (Thomas Pynchon, John Barth, Robert Coover, Kurt Vonnegut, William Gaddis, etcétera...) sin renunciar a una clara voluntad de comunicación con el lector. Una generación capaz de alternar lo más elevado con las ocasionales zambullidas en las fosas abisales de la cultura popular. Su escritura, que en ocasiones tiene la textura de un meteorito llegado del espacio exterior, es un instrumento diabólicamente diseñado para verle los huesos (podridos) a una cultura americana sobresaturada de fatuo hedonismo: 'Tenemos 500 canales de televisión. Los americanos disfrutamos de un nivel de vida con un grado de exceso sin precedentes en la historia. No es raro que una generación como la nuestra se muestre infeliz, impotente y ansiosa', afimaba el autor en las páginas del periódico The Oregon Voice.
Foster Wallace puede hacer un implacable y feroz diagnóstico de la soledad y el espejismo de las relaciones humanas en la era posindustrial en dos escuetos párrafos, para, acto seguido, comenzar algún cuento con una meándrica frase sostenida durante tres páginas o abrir interminables notas al pie que pasan a convertirse en un universo paralelo (o un laberinto subterráneo) en el bajovientre de la acción principal. Tipos tan detestables como los que pueblan las películas de Neil LaBute (pero a los que logramos verles el alma fracturada), personas deprimidas cuyo victimismo invade como un cáncer las vidas ajenas o una colección de individuos secretamente atormentados por el rencor que sienten hacia un familiar agonizante son parte del material humano que le acredita como el perfecto diseccionador de la vida preservativa y aséptica del fin de milenio, una época donde las apariencias anodinas esconden volcanes morales a punto de entrar en erupción y donde los escritores inteligentes saben que hay que pedir disculpas al lector cada vez que utilizan la palabra sentimiento." (1)
(1) Extracto del artículo "David Foster Wallace & otros terremotos literarios", escrito por Jordi Costa (La Luna, número 154, viernes 21 de diciembre de 2001).