"Una de las batallas de la crítica es explicar que los argumentos son una cosa bien distinta de las opiniones”
-¿Quisiste siempre ser crítico musical? ¿A qué otros oficios te habría gustado dedicarte?
-Durante el bachillerato quería ser abogado. Me metí en Derecho y decidí dejarlo cuando me faltaban cuatro asignaturas para terminar. Parece una decisión absurda, pero precisamente me impuse no licenciarme porque sabía que el periodismo musical me gustaba más. No quería correr el riesgo de que me saliera un trabajo de corbata y abandonar lo que más me interesaba hacer. Ahora de vez en cuando me arrepiento. Estaría bien ser abogado en alguna asociación de defensa del consumidor. A quienes nos gusta la música nos timan con facilidad, desde el baile de formatos (vinilo, compacto, MP3) al precio de los discos o el mal sonido/condiciones de los conciertos. Y no, no soy un músico frustrado. Nunca he tenido una guitarra, bajo o batería más de quince segundos seguidos entre las mano. Por algún extraña motivo, tocar nunca me ha llamado la atención.
-Las preparaciones son muy variadas, aunque muchos de los periodistas musicales más reconocidos no hicieron periodismo (ahora cada vez hay más que sí lo han hecho o que tienen un máster). Casi ninguno tenemos estudios de música o hemos estado en un grupo. Normalmente se llega por una obsesión que se acaba convirtiendo en profesión. Lo que está claro es que se parece más a historiador que a experto en solfeo (el 90 por ciento no sabemos tocar "Cumpleaños feliz" en un piano). También me gusta la idea de José Antonio Marina de enfocar nuestro trabajo como el de un detective privado, que cobra por investigar cosas que interesan a los demás. El origen de mi obsesión: mi padre cambiaba mucho de trabajo y de lugar de residencia. Fui a seis colegios en cuatro provincias diferentes. Entre mudanza y mudanza, pasé mucho tiempo solo en casa escuchando una y otra vez mi colección de vinilos. También era adicto a Radio 3. De las canciones saqué grandes subidones estéticos e información valiosa para manejarme en la vida.
-¿Cuál es tu formación?
-Mi preparación son entre quince y veinte años devorando Rockdelux, New Musical Express, Mojo, Wire, Uncut, Ruta 66, diversos fanzines y decenas de libros sobre música popular. También compraba discos compulsivamente (muchas veces con el dinero de la merienda). Carlos Boyero, un crítico con quien no simpatizo nada, dice que en España el mero hecho de sobrevivir haciendo esto te hace merecedor del estatus profesional. Estoy de acuerdo. El ambiente laboral es precario y hostil. Sobre todo los comienzos. No es un camino de rosas, pero tampoco un calvario.
-Supongo que conoces a mucha gente del gremio. ¿Se pueden sacar conclusiones sobre su temperamento y su fisonomía?
-Afortunadamente, son personas bastante distintas. Creo que el perfil de este trabajo requiere ser reflexivo, ordenado, abierto de orejas y con curiosidad. Lo que sí puedo decir es que la mayoría tenemos gafas (¿demasiado tiempo frente al ordenador?) y somos chicos (una pena: creo que si hubieran más chicas en el periodismo musical ganaríamos también más lectoras).
-Por lo que he podido comprobar, los críticos musicales pertenecen mayoritariamente a ese invento de posguerra americana llamado “joven” (aunque siempre haya un Everett True o un José Manuel Costa en todas las redacciones). ¿Se retira pronto el crítico? ¿Qué hace después?
-Si abundan los jóvenes es porque la mayoría al llegar a la edad de treinta y pocos prefieren (o se ven obligados) a cambiar a otros trabajos donde se gana más dinero. Esta es una profesión en pañales. No lo digo en tono de queja, sino descriptivo. Bueno, en pañales era en los setenta, ahora está en pantalón corto. No hay ninguna infraestructura pública (archivos, fonotecas, instituto de la música popular) y los medios de comunicación privados aún se mueven demasiado por impulsos, modas o búsqueda de publicidad a corto plazo. Tampoco se hacen muchos buenos programas de televisión. Si te fijas, parece obligatorio que los presenten dos veinteañeros con “piercing” no especialmente enterados del asunto. En la radio hay tres o cuatro nombres interesantes. Documentales serios apenas se hacen. La SGAE tampoco contribuye mucho a la investigación y documentación. El panorama es pobre. Ahora hay museos como el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona que han demostrado mayor interés por la música. También se nota interés en centros privados como La Casa Encendida de Madrid o el CaixaForum, entre otros. Si vas a un festival de cine verás que, además de las películas, también publican libritos y ensayos sobre su programación. Eso aún no pasa con los festivales de música. El oficio de crítico no creo que esté especialmente relacionado con la juventud. De hecho, lo lógico es que el crítico empiece a decir cosas interesantes a los cuarenta o cincuenta años, cuando ha escuchado ya grandes cantidades de discos, tiene perspectiva histórica, contactos en la industria y el criterio que da la experiencia. También hay que sacudirse complejos de pariente pobre. En el fondo, Brian Wilson es de los mejores músicos del siglo XX. Está a la altura de Miles Davis o de cualquiera de clásica. Estos días ha muerto Stockhausen, que es un autor que tiene tanto que ver con la música popular como con la culta. La frontera no es tan clara como pueda parecer.
-¿Con qué suele el crítico compaginar su vida laboral? ¿Docencia? ¿Otro tipo de periodismo? ¿Promoción de eventos? No sé... ¿Camello?
-Afortunadamente, hace nueve años que dedico el cien por cien de mi tiempo a ser periodista musical. Creo que es la mejor opción para consolidarte. Académicamente los críticos no tienen salidas. No hay apenas puestos para ellos en los colegios, la universidad o instituciones docentes públicas o privadas. Compaginarlo con promoción de eventos o discos siempre me ha parecido que crea un conflicto de intereses. Si un crítico musical aquí se dedicara también a ser camello creo que acabaría por ingerir todo su alijo de tranquilizantes y depresores del sistema nervioso. Es un trabajo tenso y duro, pero si te esfuerzas y tienes una pizca de suerte, acabas por encontrar hueco. De lo que no creo que se libre nadie (de momento) es de muchos momentos de insomnio y ansiedad.
-¿Cómo es uno de tus días de trabajo más o menos típico?
-Me levanto, desayuno, enciendo el ordenador, empiezan a sonar discos en el itunes mientras escribo algún encargo. Solamente los paro para transcribir alguna entrevista o para abrir a un cartero que me trae discos por correo. Como. Me doy un paseo en bici por el parque Tierno Galván con el Ipod puesto. Hay que airearse. Friego con la radio puesta. Vuelvo a escribir oyendo discos. Hago una entrevista. Leo la prensa. Ceno. A partir de las diez de la noche voy a algún concierto (la media suele ser de más de doscientos al año). Vuelvo a casa con la ropa apestando a tabaco, aunque nunca he fumado. Lo echo todo a lavar e intento dormirme lo antes posible para volver a levantarme entre nueve y diez. Los fines de semana intento no escribir, pero voy a conciertos, claro, porque es cuando más hay.
-La pregunta que no podía faltar ¿Crees que es un oficio frustrante? ¿Llega a desesperar escribir siempre sobre cosas creadas en general por y para adolescentes, tener que escribir sobre músicas que han dejado de interesarte?
- No me gusta quejarme. No creo que sirva para nada más que para aburrir a quien te escucha. El ochenta por ciento de las veces escribo sobre cosas que me interesan. El pop dirigido a adolescentes siempre me ha gustado. Se puede hacer un buen texto de un artista que no te interesa. Es verdad que lo mismo no me apetece escuchar el nuevo de Fito y los Fitipaldis, pero en cierto modo es mi obligación profesional argumentar por qué me parece que lo que graba carece de valor artístico. En principio, por ejemplo, cuando salió el reggaetón era una cosa que no me llamaba especialmente la atención. Empecé a escucharlo por curiosidad profesional y ahora me encanta. Lo veo muy parecido al rock and roll de los cincuenta. Es música urgente, sexual, machacona, descarada y muy contagiosa. Cada vez que superamos un prejuicio o ayudamos a los demás a superarlo es un triunfo.
-¿Es posible mantener la pasión escuchando 30 discos por semana, asistiendo cada noche a un concierto diferente?
-La saturación de lanzamientos y conciertos es uno de los grandes problemas de los críticos hoy en día, es cierto que puede nublar bastante la percepción. A pesar de ello, a mí cada año me gusta más la música. Y no lo digo presumiendo, sino como algo que me sorprende. Rachid Taha explica que nos engancha la música porque nos conecta con lo primitivo. Puede ser. A mí cada vez me gustan más los ritmos crudos, sencillos y viscerales. Pongamos que el “Arular” de M.I.A o el "Dancing in your head" de Ornette Coleman, que lo acabo de descubrir y me tiene abducido.
-¿A la crítica se llega de rebote, después de algún fracaso? ¿Cómo se empieza en esto? ¿Cómo empezaste tú?
-Creo que poquísima gente llega rebotada de otros sitios. La mayor parte de las veces es vocacional. Yo comencé a mediados de los noventa haciendo un fanzine ―Malsonando― con unos amigos, luego montamos un pequeño sello discográfico ―Acuarela― y al final me descolgué de esto último para dedicar mi tiempo a escribir sobre pop.
-¿Hay que ser especialmente emprendedor?
- Creo que lo importante es tener ganas, leer mucho a los demás y ser autocrítico con lo que entregas. Tener un buen nivel de inglés también ayuda, tanto para hacer entrevistas como para documentarse, porque los grandes libros están escritos en ese idioma. También la mayoría de información en internet.
-¿Ofrece un mínimo de seguridad? ¿Y económicamente?
-Laboralmente es una jungla. No he firmado un contrato de trabajo en mi vida. Si quieres detalles: soy autónomo y gano unos 2.000 euros al mes. Los comienzos suelen ser muy duros. Yo no me pude ir de casa de mis padres hasta los 27 años, cosa que me dio bastante vergüenza. [Por cierto, cuando digo que "gano" unos 2000 euros al mes, quizá debiera poner "ingreso", ya que con eso he de pagar luz, móvil, ADSL, discos, revistas, desplazamientos a festivales, los 220 euros de la
cuota de autónomos, etcétera....Vamos, que gano unos 1600-1700 al mes, mucho menos que mis compañeros de promoción.]
-¿Es un trabajo agradecido? ¿Y suficientemente creativo?
-Para mí sí, aunque tiene más de oficio que de arte.
-¿Qué publicaciones recomiendas? ¿Qué leen los críticos de tu entorno?
-Buff... Todas las publicaciones tienen cosas buenas y malas. En España Rockdelux me parece lo mejor, aunque en muchos aspectos la veo complaciente y algo sosa. De fuera The Wire me parece muy bien hecha: tiene un gran diseño, preciosas fotos y textos muy dignos. Es con la que más aprendo. A veces pueden aburrir por demasiado académicos o porque notas que pretenden epatar más que informar. De las de rock últimamente prefiero Uncut a Mojo, porque va más al grano y tiene más sustancia. En diarios el más completo me parece The Guardian. Los reportajes del Observer suelen ser espléndidos. Recuerdo uno mítico sobre Duran Duran que es de las mejores descripciones que he leído sobre la vida de un grupo pop de éxito. Este año quiero suscribirme a Vibe, Billboard y The Source, tres cabeceras de Estados Unidos que leo ocasionalmente y me interesan. Los suplementos como Babelia, ABCD, Cultura (s) o El cultural me suelen aburrir. Son muy académicos y suelen tirar de plúmbeos textos-ladrillo en vez de trocear la información. Prefiero el Exit de El Periódico de Cataluña. Dicho esto, compro siempre los suplementos que te he dicho, porque en cada número suele haber uno o dos artículos que me interesan un montón.
-¿Algún texto sobre el papel de la crítica que te haya gustado especialmente? ¿Y algún libro musical clave?
-El mejor texto sobre los medios que he leído en mi vida es el ensayo Las cajas vacías de Rafael Sánchez Ferlosio. También recomiendo el prólogo de La guerra contra el cliché de Martin Amis. Libros musicales buenos hay cientos. El último que me he leído es la biografía de Johnny Rotten que ha publicado Acuarela. Las Crónicas de Bob Dylan son un festín de información valiosa y bien escrita. Sobre el pop de aquí recomiendo la Historia del rock que publicó por fascículos El País a mediados de los ochenta. De fuera el Faber & Faber Book of pop que coordinaron Hanif Kureishi y Jon Savage. Ambos son panorámicas generales con mucha miga. Por favor, mátame me parece entretenido y jugoso.
-¿Quiénes son tus críticos preferidos?
-Me gusta Lester Bangs (periodismo informado y visceral) más que Greil Marcus (me suena un poco cursi, artificial y redicho). De aquí mi periodista musical preferido es Nando Cruz, de El Periódico de Cataluña, porque es sutil, sustancioso y tiene sentido del humor sin caer en la gracieta. También devoro a Patricia Godes (una autoridad en música negra), Luis Troquel (biblia pop, aunque peque de blando) y José Manuel Costa (me parece mejor cuando escribe de grupos radicales que de artistas populares). También leo con mucho interés cualquier cosa que firme César Estabiel, que es clarísimo y tiene criterio musical. De Bruno Galindo me gusta su inquietud y un libro tan aprovechable como "Los vasos comunicantes". Curiosamente, soy muy fan de un crítico no profesional, David S. Mordoh, que me parece que es el que mejor escribe de todos nosotros. Otro que suelo disfrutar es al escritor Kiko Amat, que escribe mucho de cultura pop.
-¿Tiene algún prestigio social el crítico?
-No mucho. Se nos ve más como a un bicho raro. Hace unos meses el director de una revista de música donde trabajo me dijo que "en el fondo somos como buitres: vivimos del trabajo de los demás". Es uno de los comentarios más gratuitos y simplones que he escuchado nunca. ¿Los historiadores son buitres? Me pareció una frase muy chunga.
-¿Es ésta una profesión, digamos eufemísticamente, especialmente abocada a la autodestrucción? (pienso en Lester Bangs o en el Everett True de los 90, por citar a dos de mis preferidos)
-Al contrario: requiere constancia, orden en el archivo y estabilidad emocional. La vida del rock and roll es para las estrellas de rock. Esos que citas son casos aislados. Bangs es una autoridad, un raro cruce de periodista y poeta. Everett True no está a su altura, en mi opinión, precisamente por demasiado caótico. Tienen textos buenos, pero creo que le echa más morro que trabajo.
-¿Se necesitan más críticos musicales? ¿Hay sobreabundancia? ¿Se ha democratizado el oficio desde la llegada de internet? ¿Hay mucho intrusismo?
-Ignacio Echevarría, el crítico al que echaron de Babelia, suele citar una frase de Kurt Vonnegut: "No escasean los buenos escritores. Lo que nos falta es una masa de lectores fiables". El trabajo del crítico es ayudar a crear esa masa de oyentes fiables. No sé qué es el intrusismo en la crítica, cualquiera puede hacerlo si le dedica el tiempo suficiente a prepararse. Nando Cruz decía que para ser crítico debería hacer falta un examen como el carné de conducir, una especie de test de cultura pop básica. Estoy de acuerdo, aunque sería complicado llevarlo a la práctica tal y como están las cosas. La llegada de internet ha hecho que el público tenga más fuentes para informarse: Myspace, radio en red, blogs, etcétera. Espero que eso obligue a subir el nivel de la prensa cultural y a ofrecer información más precisa y fiable.
-¿Cómo criticas un disco? ¿Puede hacerse según se escucha por primera vez? ¿Qué peso le das a las primeras impresiones?
-Hacer una crítica a la primera escucha es un poco suicida. Me pongo los discos un mínimo de cuatro veces, algunos he llegado a ponerlos veinte o treinta. Luego intento describirlo con la mayor precisión y claridad posible. También me parece importante ser entretenido y no usar ni una palabra más de las estrictamente necesarias. En principio, mi trabajo no se limita a decir si una canción es buena o mala. He de describir el contenido de un disco, los méritos que le veo y que el lector decida si le interesa o no. Como vivimos en una economía de mercado, tenemos ese factor de distorsión que es la publicidad. Al final, a fuerza de desmentir tópicos y eslóganes, acabas haciendo críticas más militante, destinadas a desmontar lo que consideras falsos prestigios. Creo que en el pop hay muchos, desde U2 a Radiohead pasando por Serrat o Joaquín Sabina. Todos tienen alguna canción/canciones muy buenas, pero me parecen tremendamente sobrevalorados. Que sepa convencerte o no de algo así depende de mis argumentos. Ya que sale el tema, creo que una de las batallas de la crítica es explicar que los argumentos son una cosa distinta de las opiniones. Otra parte importante de nuestro trabajo es avisar al lector de que hay más platos en el menú de los que suelen ofrecerle en los medios masivos.
-¿Qué presencia puede tener uno en su texto? ¿Qué te parecen los escritores en la onda del nuevo periodismo que abren sus crónicas por ejemplo contándote la pastilla que se comieron en el Sónar?
-La primera persona está bien siempre que sea un medio y no un fin. Es otro recurso para el arsenal expresivo. Cuantos más, mejor. Depende de cómo se use. La mayoría de las veces que la he visto usar en España para un texto musical el egocentrismo se ha comido la información. Hay quien sabe hacerlo funcionar bien. Recuerdo haber transcrito (mas que escrito) un texto titulado Yo, bakala donde un asiduo a la “ruta del bakalao” me contaba en primera persona sus recuerdos. Tuve la suerte de dar con alguien que pasó esa experiencia y luego se licenció en Sociología, con lo cual se explicaba bien y ponía las cosas en su contexto socioeconómico. Yo suelo usar la primera persona cuando no domino algo: por ejemplo cuando hice una crítica de Youssou N`Dour contando lo que llamaba la atención de su concierto a alguien que no es experto en música africana.
-¿Suele ser todoterreno el crítico musical? Por un lado, en cuanto a géneros y secciones (ser capaz de abarcar por ejemplo de jazz a noise, de la sección de cultura a la de nacional). Por otro, en cuanto a medios (compaginar radio con internet, etc.) ¿Hay mucha especialización, como en casi todo lo demás?
-Creo que un crítico de música popular puede escribir de muchos géneros. En el fondo, si ponemos el comienzo en la explosión del fenómeno Elvis (1956) estamos hablando de medio siglo de historia. No es tanto. Dicho esto, hay géneros que requieren mucha dedicación, como el jazz o el flamenco. Hay que saber mucha teoría, ir a muchos conciertos, escuchar los discos infinidad de veces. En el siglo XXI el tiempo es oro y la responsabilidad del crítico es no morder más de lo que puede masticar. No creo que un crítico de música deba escribir en la sección de nacional. Con Cultura y Espectáculos hay trabajo de sobra. Ser polivalente es algo que te piden. Si te defiendes en radio, tele y prensa tienes mucho terreno ganado.
-¿Crees que con la tele digital aumentará la presencia de música en la televisión? ¿Tiene salidas el documental de música?
-Una cosa que he aprendido es a no hacer profecías. Prefiero comentar lo que hay a predecir lo que habrá. Los documentales de música son una industria muy interesante, que en el mundo anglosajón mueve mucho dinero con productos de calidad. Aquí empieza a echar a andar con festivales como el In-edit y con la publicación cada vez más frecuente de grandes documentales hechos fuera. Lo que falta es industria propia. Lo de la tele digital ya se verá. En principio, soy escéptico, me huele a que será la tele de siempre con menos presupuesto. Pero siempre que se abre un espacio nuevo en los medios se suele colar algo fresco que te sorprende.
[Fotos enviadas por Víctor Lenore. Haz clic sobre la segunda foto para mejor apreciar sus dotes de escalador de vallas.]







