lunes, 14 de julio de 2008

Sergio Algora, el Big Fish


Por Luis Yrache.

Ciudad de provincias. Muchos cambios últimamente en la cara de Zaragoza, pero aún una pequeña ciudad de provincias. No, no nos conocemos todos. Seguramente si me dices el nombre de tu prima de allí no lo haya oído nunca. Tal vez sea mi vecina, pero no hablamos ya más que del tiempo en el ascensor, no se como se llama. Perdemos relación, nos globalizamos en lo bueno y en lo malo. Si me enseñas una foto posiblemente me suene tu viejo amigo. Si me dices por qué zonas se mueve las conoceré sin duda. Los bares, seguro que los hemos compartido. Ayer mismo le pedí perdón para llegar hasta la barra y pedir unas anchoas en salmuera. Al final, una pequeña ciudad de provincias.

Espacio y tiempo muy especiales donde pasan cosas y casi todos nos vamos enterando antes o después. Caldo de cultivo perfecto para héroes locales, sean del silencio o no.

Sergio Algora era el líder de varias bandas de pop desde los 90. Ultimamente en La Costa Brava, antes con Muy Poca Gente y al principio en El Niño Gusano. Sergio creaba y ofrecía unos textos más allá de lo original, de lo inteligente y lo inspirador. De ser el letrista de un grupo en la Zaragoza más alternativa musicalmente pasó en seguida a ser reconocido y valorado como artista difícilmente imitable. Conciertos y publicaciones y la capacidad de omnipresencia en la noche y en la vida diaria hacían de su imagen y su nombre un elemento importante y referencial para muchos zaragozanos. Como cuando Mauricio Aznar paseaba con su gorra en su mítica bici y parecía estar en todas las calles. Pero estos eran tiempos en que la escena independiente no estaba ya tan centralizada como en los 80 y por todas partes surgían propuestas interesantes. Movimiento (por no hablar de “movida” otra vez), fuerza, frescor, alegría, ganas, ideas. Todo hervía y nos dejábamos llevar. La noche zaragozana estaba a la altura de cualquier otra ciudad y se abrían locales nuevos que queríamos conocer y casi habitar. La Sopa de Letras, el Fantasma de los Ojos Azules y muchos otros bares donde cualquier cosa podía pasar. Los del “niño gusano” podían sorprender con proyecciones del mejor cine, concursos absurdos, conversaciones en la barra entre carcajadas basadas en un hábil no-sense culto y espontáneo. Sergio Algora era garantía de risas y de temas inverosímiles sin dirección previsible.

En ese ambiente pudieron surgir divos, fanfarrones y presumidos reyes de la noche zaragozana, esa ciudad de provincias (otra vez lo remarco) donde una star tiene carta blanca para los excesos egocéntricos. “Soy un tipo famoso y voy a aprovecharme”. No fue así. Yo considero a Sergio y sus compañeros de aventura auténticos “peces gordos” de la cultura española, alguien realmente importante, pero la diferencia con otros “famosos” es muy sencilla, se trata de grandes artistas. Derrochaban creatividad en cada acto, no necesitaban más, sólo imaginar, pensar, leer, aprender, contar, expresar, ilustrar. Se lo pasaron como enanos rosas volando en elefantas barbudas sobre islas y utopías, y era un placer partirse de risa a su lado con un vaso de tinto, participando. Crearon un ambiente en parte de los noctámbulos y fiesteros que difícilmente se repetirá. Allí estaban y con eso valía. A muchos nos contagiaron sin querer, y de noches tan fáciles surgieron por ejemplo varios de mis guiones de corto, además de obras mucho más elaboradas y relevantes de otros que también reían. Qué gozada compartir con gente surreal y desbordante de imaginación. Seres mitad pez, mitad humano, con ruedas en las piernas, fragmentables, recambiables, mecánicos en parte, con profesiones y adjetivos divertidos y descontextualizados, personajes o imaginaciones que no sólo vivían en sus primeras canciones sino en las vidas de los que pudimos acercarnos a los mundos de Sergio Algora aunque fuese de modo breve, sin poder presumir de haber sido su amigo, sólo, insisto, amable compañero de noches y risas.

¡Cuántos huérfanos ha dejado ahora Sergio! Se ha ido a un viaje que cada uno imaginaremos como más nos apetezca, con nuestro pensar sobre él y apoyándonos en sus textos, sus relatos, sus letras. Es curioso, pero a pesar del absurdo de sus canciones, casi todos hemos encontrado frases suyas que poder aplicarle ahora. Cientos de despedidas en su blog y en el de muchos otros espacios en Internet. Espacios que él sabía llenar con su in-genio y en los que todos pueden aún entrar, navegar y también sumergirse, hundirse y perderse a gusto.

Personalmente, me rebelo contra la muerte, por perdida que tenga esa batalla. No la comprendo ni me limito a aceptarla. El jueves 10 de julio de 2008, lleno de rabia y de tristeza, pero también de cariño hacia alguien con quien hablé demasiado poco, tuve una extraña sensación. Muchas caras conocidas en el cementerio de Torrero. Todos los que siempre he visto en mi querida noche zaragozana. Todos menos uno. Pequeñas flores en el pelo de la gente que le quiere, ojos que delataban la larga velada de llorarlo amablemente y beber por él hasta la catarsis. Era imposible que en ese momento faltase precisamente él, siempre había estado con todos, con todas. Siempre ahí con su mirada, eterno, incombustible y desbordante. Esa ausencia tenía nombre y apellidos. ¡¡¡Faltaba Sergio Algora!!! Muchos decían estos días que Zaragoza no se podía permitir esta maldita pérdida que me cabrea y me hace enfrentarme a pecho descubierto contra una nada inidentificable a la que le grito y exijo. Más tarde, relajado, pienso que esa oscura figura que se lo ha llevado guadaña en mano, estará ahora sentada en el bar de la plaza de España de Así en el cielo como en la tierra, pidiendo otro vinico y sin parar de reír, con Luis Ciges, con nuestro Sergio y con tantos otros. Casi me parece imaginarlo, oírlo con su voz de niño.

A la despedida del Big Fish de Tim Burton acudieron todos esos personajes increíbles que construyeron el relato de su vida. El hombre bombilla, la mujer portuguesa, la reina mofeta, el capitán mosca, el fabricante de alas de mariposa, el hombre balleta, Mr. Camping, el Sr. Alambre y muchos, muchos otros están ya de camino. Tal vez yo mismo sea también simplemente un personaje más de Sergio…


miércoles, 11 de junio de 2008

Crónicas berlinesas


El staff de Emergentes & Sumergidos (en la imagen que abre esta entrada; de izquierda a derecha: Desperdicios tras repetir por quinta vez la misma sesión doble, Walter Loeff con cara de magdalena proustiana, nuestro sabio gurú JJ Perfecto Idiota, la Dra. Freudstein con su blusa “lobo estepario” y la jovial Salamanquesa; el gorila es un rendido admirador) se alegra de anunciar las nuevas obras de nuestro amigo y colaborador Ion de la Merde (aka Ion de Sosa, otro ejemplo de nuestra fuga de talentos producto de la diáspora madrileña): una escritura digital concebida a pachas con Velasco Broca (que podéis ver aquí: http://youtube.com/watch?v=dJrfl8ZeCDQ) y el heterodoxo vídeoclip oficial del tema Automne Fold de Kangding Ray. En el tintero queda el teaser de su futura ópera prima, permanente work in progress confesional. ¡Enhorabuena!


A mi madre le gusta el cine trash: ¡se desvela el misterio!

¡Saludos, mis queridos amiguitos! ¡Sí, soy nueva en este blog! Soy la Dra. Freudstein, madre de Desperdicios y Supermierda, y quiero recomendaros una película abominable, una zetosidad que se os subirá a la cabeza. ¡Bien! Se llama Village of the Giants (1965), y su perpetrador fue el hombre-orquesta de la serie B, Bert I. Gordon (Mr. B.I.G)... ¿Listos? ¡Bien!

Pues Gordon, realizador, productor, guionista e incluso supervisor de los efectos especiales (1) de cochambres como El gigante ataca (aka El asombroso hombre creciente, The Amazing Colossal Man, 1957), La araña (Earth vs. the Spider, 1958), The Magic Sword (1962) o El hechicero (The Witching, aka Necromancy, 1972), decidió adaptar la notable novela de H.G. Wells El alimento de los dioses (1903) y le dio para un par de paupérrimos productos, tan menores como inclasificables (2): Village of the Giants y El alimento de los dioses (The Food of the Gods, 1976). El segundo título ("based in a portion" del original de Wells) supuso el desafortunado retorno de Gordon, veinte años después, al gastado tema del gigantismo animal efecto de la radiación, una de las grandes obsesiones de su cine y de la ciencia-ficción U.S.A. de los años 50.



¡Pero Village of the Giants es un film muy superior! ¡Una mezcla de Johann Swift y Herman Cohen! ¡Adolescentes gigantescos que aterrorizan a sus mayores en el escenario de una tradicional small town americana! ¡Glubs! El bichorrarismo, ese sentirse diferente característico de tan decisiva etapa vital, es explotado por un Gordon a la vez destajista y visionario, ofreciendo un demente e involuntariamente acerado retrato de la sociedad de la época: la extrañeza y el desarraigo juveniles –que habían sido reflejados en films tan dispares como ¡Salvaje!/The Wild One, Laszlo Benedek, 1953, Rebelde sin causa/Rebel Whithout a Cause, Nicholas Ray, 1955, y Teen-Age Crime Wave, Fred F. Sears, 1955- toman cuerpo en una desmandada panda de adolescentes oligofrénicos a medio camino del Marlon Brando más cazurro y vándalo, los precursores beatniks -ya vistos en The Beatniks, Paul Frees, 1960; The Flesh Eaters, Jack Curtis, 1964...- y la ulterior Familia Manson... ¡puagh!

¡Bueno, pues así es! La culpa de todo ello la tiene el científico precoz interpretado por Ron(ny) Howard tras sus gafas de pasta: “Genio” (sic) ha inventado una sustancia que, ahí es nada, hace crecer desmesuradamente a todo aquél que la ingiere. En principio, se trata de un remedio para paliar la escasez de alimentos en el mundo, pero ocho jóvenes gamberros se apropian del preparado y lo toman, con resultados predecibles.

¡Mi amigo Sami Natsheh define muy bien la moral zetosa del film! ¡Veamos!: “Chicas en bikini, chicos con corte de pelo imposible y, en medio de todo ello, gansos del tamaño de elefantes que bailan rock and roll (...) Hartos de que les digan lo que tienen que hacer, su nuevo tamaño les permitirá mantenerse en un estado en el que ya nadie les puede ordenar hacer nada, pasando a ser dueños de sus actos (actos irresponsables por los que finalmente pagarán)” (3).


¡Je, je! ¡Pues sí que pagan por ellos! ¡Por cierto! Un jovencísimo Beau Bridges lidera el monstruoso grupo salvaje y acneico y el malogrado Jack Nitzsche le pone psicodelia al film. En cuanto a Gordon, vuelve a hacer uso reiterado de rácanas transparencias y sobreimpresiones para simular el gigantismo de los jóvenes protagonistas y nos regala uno de los mejores momentos del género (seguramente inspirado por Attack of the 50 Foot Woman, Nathan Juran, 1958): aquél en que uno de los rednecks agredidos acaba agarrado a la maqueta del espectacular busto de Joy Harmon... ¡Y eso es todo, niños! ¡Me despido por el momento! ¡Os veo luego! ¡Ahora adiós!

(1) “Todo un experto, pues, que dio lo mejor de sí mismo (lo más naïf, sin tapujos, sin dobles lecturas, con transparencias imposibles, inocente disfrute de sesión doble en sala de barrio o de fiesta freaky ante el DVD)”: Casas, Quim, BIG, Contrapicado.net, editorial 23, marzo 2008.
(2) Gordon volvería de nuevo a Wells en la imposible, deliciosamente demodé Empire of the Ants (1977). Para más información, acude a http://absencito.blogspot.com/2005/01/b-art.html y http://absencito.blogspot.com/2006/01/ratas-gigantes-de-artesana.html, donde el sabio Absence, gran exégeta de Mr. BIG, loa las virtudes de ambos films.
(3) Village of the Giants, pasadizo.com.


martes, 10 de junio de 2008

Barcelona Connection: The Pyrinerds


En Emergentes & Sumergidos estamos de enhorabuena: nuestro querido amigo Rafa Ayuso, creador sonoro novedoso y vanguardista, más bien el hijo monstruoso y arty de Martin Hannett y Philip Glass, aparece citado en el número de este mes de ARTO!:


“El cerebro que se escondía detrás de aquellos míticos músico-performers llamados Taquicardigans tiene un nuevo proyecto. Los Pyrinerds nos regalan un espacio de relax onírico y evocador donde los haya. Slow-pop preciosista perfectamente aderezado con inteligentes textos y ¡ah! ‘Altar de pena y gloria’ puede que sea la única canción dedicada íntegramente a un coño. ¡No os los perdáis, por favor!”.


Desde este web-blog animamos a los rezagados a escuchar sus sugerentes greguerías pop: www.myspace.com/thepyrinerds

viernes, 9 de mayo de 2008

"Comet". Modo para una extinción


Por Luis López Carrasco.

“Ahora que se supone que no debe soñar, es cuando Manuel sueña.”

Cómo decir adiós al realismo costumbrista castellano y construir una obra ineludiblemente local y a la vez, y sin que sirva de precedente, rabiosamente contemporánea. Un texto del que sólo cabe decir que corresponde al Aquí y al Ahora.
(Y cuando digo contemporáneo me refiero a una mirada que peine el pasado reciente y lo extienda en una mesa de operaciones, cuando digo contemporáneo me refiero a compendiar y formular los hallazgos literarios de la segunda mitad del siglo XX e introducirlos en lugares tan poco habituales como un festival de música céltica en Omajo, Cantabria. Cuando digo contemporáneo no me refiero a supuestos tics de la cultura de masas, con sus zappings, sus blogueces, su merchandising avant-pop y su postmodernia –fresca y simpática por poco habitual en Españita aunque, en el fondo, más “actual” que “contemporánea”-.) Cuando digo contemporáneo no me refiero a poner un anuncio de Vodafone dentro de la novela.

Cómo hacer una radiografía de la normalidad, cómo introducirse en los rituales de una generación X que no tiene el lustre de pertenecer al Imperio, que en vez de grunge tiene Celtas Cortos y Rosana. Cómo confeccionar un manual del provincianismo más apagado, los treintañeros de los noventa, los nuevos colonos de las grandes superficies, que todavía rescatan Tubular Bells y Dire Straits en cintas de cassete para el coche, que compran cervezas de importación para darse un capricho, que emigran a islotes urbanizados por y para la clase media en los que "probar junto a todos los demás los nuevos sistemas de alarma". Espacios periféricos y modulares, nuevos barrios de trazado limpio en los que “no queda ni un centímetro cuadrado para lo silvestre; cada hierba es un ejercicio, cada curva, señal o caseta de perro, un plan a infinito plazo.”

Cómo construir un anti-héroe ya antes visto, Manuel el ex empleado de la Caja de Ahorros, que circunvoluciona en espirales cada vez más alejadas de la realidad junto a su hija de tres años y una mujer de pueblo, enamorada de él como una yegua a su amo. Cómo programar para ellos un viaje a los laberintos cotidianos del desempleo, jornadas en las que se dan cita las experiencias menos prometedoras que se puedan imaginar: cruzar a una pareja de perros Airedale Terrier, comprar tiendas de camping, encargar una cómoda estilo sarraceno en una carpintería, visitar a un quesero que quiere hacer un atlas de quesos europeos, charlar sobre balonmano regional, subir al monte a ver una berrea… y cómo integrar en todo ello el nombre mágico de Comet, el campus norteamericano en el que Manuel podría terminar su inacabada tesis sobre los hombres-ave.

Cómo disolver un lenguaje descriptivo y costumbrista a fuerza de llevarlo al extremo de lo vetusto y lo caduco, un lenguaje de Jara y Sedal al que se le inoculan los vértigos del siglo XXI en una ficción alegórica que sabotea la novela y la convierte en otra cosa. Cómo convertir la Alcarria en Comet, la Antiterra de Pablo Díez. Cómo ordeñar a Delibes hasta que te salga Nabokov. Cómo meter a Richard Ford en la cornisa cantábrica, con ecos de Franzen y De Lillo, y nutrir esa ficción con divulgación antropológica, con erudición botánica, con un humor impasible que corroe el paisaje lentamente… Y cómo sustituir paulatinamente esa ficción por la resonancia y la fuga de Comet: el reino del oscuro profesor Dylan Rebhorn, la sombra de Manuel, su contrapunto, su cazador.

“Querido Manuel,
Quisiera aprovechar esta carta para tranquilizarte. Esos dolores de espalda repentinos son del todo normales. (…) Tus preocupaciones están totalmente infundadas: es cierto que las alas de los hombres-ave nacen de repente y que empiezan con un dolor parecido al que tú sientes, pero siempre a más temprana edad. No se conoce ningún caso de hombres-ave que hayan reproducido sus alas más allá de la adolescencia; no hay absolutamente ningún caso documentado al respecto (…) El otro día estuve revolviendo la casa, y por fin pude ver fotos de Dylan Rebhorn. Parece un cuáquero, con la barba sin bigote enmarcándole la cara (…) Rebhorn tenía manías muy raras, manías que exceden la genialidad de la ciencia, quiero decir. Vera me ha confesado que tenían una vida sexual de lo más matemática y sistematizada. Por lo visto Rebhorn no utilizaba preservativos, sino que antes de cada acto sexual, embadurnaba el sexo de su compañera con un ramillete de plantas abortivas (…)

En un momento de la novela, una manada de ciervos invade en silencio una estación de servicio vacía, empuja las mesas de desayuno, se come los bollos caducados, abolla la máquina de café… sólo Manuel lo verá o creerá verlo. Manuel, resistente sin resistencia, lo contemplará todo antes de que el mundo despierte. Pero una vez que el mundo haya despertado, a él no le quedará más remedio que una discreta extinción. Manuel, empeñado en la consecución de un patrimonio, de un carnet de identidad que lo nombre ciudadano de la realidad, estará destinado a observar desde lejos a todos esos hombres cuyo “patrimonio les corre rojo por las venas y les sale blanco y viscoso por un costado del pene, y si alguien se lo reclamase ante las más sagradas instancias, ellos sólo tendrían que mostrarlo dentro de un bote de plástico como una certeza inapelable. “Aquí dentro van mi padre y mi madre, mi mujer y mi hija, los caballos de vapor de mi todoterreno…”, eso dirían, “soy lo que como y hago, ni crezco ni decrezco, me hago viejo con brevedad, me fundo en el suelo del que nunca he llegado a despegar”.

Comet habla de la extinción confesa de Manuel pero también habla de la extinción de un lenguaje realista que ya no tiene cabida en la narrativa española. El mundo que Manuel contempla se desintegra en silencio, del mismo modo que la narración realista de Pablo Díez se contamina de fábula y despega lejos, muy lejos de aquí.

martes, 8 de abril de 2008

La verdad sobre el rock cristiano

Todo está en los libros, como decía la inolvidable tonada de Negro sobre Blanco, aquel llorado programa cultural con nombre de video gay y presentador con satiriasis. ¿Queréis saber la verdad sobre el rock cristiano? Gracias a Eiren Israel, autor de los fundamentales Dejadlos, son ciegos guias de ciegos y ¿Realmente vendrá Cristo en el año 2000?, es posible.


Amazon lo describe así:


"Este libro demuestra que, lejos de ser una inocente forma de entretenimiento religioso, este tipo de musica es destructiva para la salud espiritual de sus adeptos. Debajo del barniz biblico del rock cristiano y sus populares variantes contemporaneas, se encuentra uno de los más sutiles engaños a la juventud. * Que efectos subliminales tiene la musica Rock en el alma * ¿Cuanto ganan los cantantes de Rock Cristiano? * ¿Se trata de un ministerio o de un negocio millonario? * Los principales pretextos de los promotores del Rock Cristiano, cada uno refutado biblicamente * Como diferenciar entre la verdadera musica cristiana y las falsificaciones espirituales. Todo pastor y ministro juvenil debe estar al tanto de la valiosa información aqui expuesta."


Aquí tenéis los índices y el prólogo. Hablan por sí solos.

domingo, 9 de marzo de 2008

"Veíamos muertos todos los días"


Por Luis López Carrasco.

"La fotografía, incluso la instantánea, tiene una pretensión
completamente diferente que la de representar, ilustrar o narrar (...)
Pretende reinar sobre la vista."
Gilles Deleuze

Se regalaron cámaras. Cada vez eran más y más baratas y, en un determinado momento, su precio prácticamente desapareció y todo el mundo tuvo una.

Todo había sido visto. Porque nada que no hubiese sido visto había sucedido. Era muy importante, por lo tanto, grabar todo lo posible, así existirían más cosas. La información sobre las cosas se superponía a las propias cosas. La información viajaba lo suficientemente rápido como para que su origen siempre quedara atrás. La información llegaba antes que los cuerpos y, muchas veces, llegaba en lugar de los cuerpos.

Eran años en los que la televisión se había convertido en el supermercado del pasado. El pasado se vendía al por mayor, todo el mundo tenía el mismo. Así que, con ánimo de diferenciarse, los usuarios se dedicaron a generar su propia memoria, las cámaras permitieron individualizar el pasado. Lo podríamos denominar la lucha por la visibilidad. Lo importante ya no era ver sino ser visto. Más importante que la experiencia era el signo de esa experiencia. Los signos crecieron. Y se multiplicaron. El gesto tenía mayor alcance que el acto. La metáfora se dio la vuelta: el referente emanaba de lo representado, la huella acomodaba al pie.

Describíamos la fotografías en presente, muchas veces en gerundio. “Este soy yo, pescando en el lago X.” Nos convertíamos en momentos. Una colección de instantes extraídos del tiempo. El vídeo nos dio la ilusión de la duración. Era falso, lo que pasaba es que los instantes se habían multiplicado. Y estaban muy juntos.

La existencia estaba perfectamente documentada. Jamás nadie tendría tiempo de ver todo lo que había grabado. No importaba, la imagen, a diferencia de lo que muchos pensaban, era más sagrada que nunca. Porque grabar era como vivir dos veces. Lo podríamos denominar posteridad doméstica.


El pasado nunca estuvo tan cerca, el pasado nunca fue tan grande. Todo el pasado que una persona pudiera generar se encontraba bajo las yemas de los dedos, a golpe de clic. Estaba a la vista. Estaba al alcance de la mano, nunca mejor dicho. Y sin embargo, ¿era pasado estando como siempre estaba ahí delante, encima de la mesa, enmarcado en plata de ley? ¿Era pasado algo que se podía revivir instantáneamente? Todos los registros se conjugaban en presente y todos estaban a la misma distancia, a la misma no-distancia. Formaban parte de nuestro mundo.

La memoria era un catálogo. El pasado era todo él un mismo ayer siempre recién transcurrido, tan cerca del presente que apenas se diferenciaba de él. El pasado se adhería al presente. El pasado no dejaba de suceder.

Esto no fortalecía al pasado, al revés. Cada vez que una imagen se desarrolla ante nuestros ojos, se vuelve presente, se llena de presente y, a su vez, se vacía de su propio pasado. No nos convoca ella a nosotros, nosotros la convocamos a ella. Cuanto más presente se registraba, más se debilitaba el pasado. El presente lo abarcaba todo, lo ocupaba todo. El futuro se volvió obsoleto.


Un día ocurrió un milagro y, como todo verdadero milagro, pareció un suceso intrascendente. Una persona, acostumbrada a grabar y ser grabada, dejó de saludar a la cámara, dejó de reparar en ella. ¿Por qué razón iba a hacerlo? Formaba parte del entorno. Del mismo modo que no prestamos atención a los zapatos sobre los que caminamos o a la cama sobre la que dormimos, no hacía falta prestar atención a las cámaras. A partir de ese día, más y más personas se comportaron de tal modo. Y nadie habló de ello. Se dio por supuesto que las cámaras siempre habían estado allí.

Ya no se grababa en un soporte físico, los registros se archivaban automáticamente. Al descomponerlos numéricamente, la digitalización permitió comprimir los objetos. El saber ocupaba lugar, pero menos. El ser humano se igualó a la cantidad de información que pudiera producir, era un archivo de imagen y sonido cuantificable. La cámara se convirtió en un segundo cerebro que contenía el registro de toda la existencia. Dejar de grabar era dejar de existir.
Al llegar la muerte se encajaba un monitor dónde antes había una lápida y se proyectaba una película bucle que duraba toda la vida de una persona. Ése era el método tradicional, lo más normal -en una época en la que Internet había devaluado el espacio físico hasta hacerlo innecesario-, era colgar el archivo en la Web, en dónde podía ser consultado. Los registros eran así accesibles desde cualquier punto del mundo a la velocidad de la luz. Una parte de Internet se convirtió en un álbum de los muertos, un cielo inmaterial en el que todavía se escuchaban las risas y los llantos de todos aquellos que habían desaparecido. La cantidad de registros era inabarcable; del mismo modo que hay más muertos que vivos, había más imágenes de personas que personas. El mapa era más grande que el territorio.Veíamos muertos todos los días. Y todo formaba parte del momento presente, todo era recuperable. La noción misma de recuerdo se suplantó. No había recuerdo porque no había olvido. El presente perpetuo, eternamente conjugado, eliminó la cronología, el progreso y el desarrollo. No era circular, era inmóvil. La memoria era tan extensa que ya no necesitábamos el tiempo.