miércoles, 11 de junio de 2008

Crónicas berlinesas


El staff de Emergentes & Sumergidos (en la imagen que abre esta entrada; de izquierda a derecha: Desperdicios tras repetir por quinta vez la misma sesión doble, Walter Loeff con cara de magdalena proustiana, nuestro sabio gurú JJ Perfecto Idiota, la Dra. Freudstein con su blusa “lobo estepario” y la jovial Salamanquesa; el gorila es un rendido admirador) se alegra de anunciar las nuevas obras de nuestro amigo y colaborador Ion de la Merde (aka Ion de Sosa, otro ejemplo de nuestra fuga de talentos producto de la diáspora madrileña): una escritura digital concebida a pachas con Velasco Broca (que podéis ver aquí: http://youtube.com/watch?v=dJrfl8ZeCDQ) y el heterodoxo vídeoclip oficial del tema Automne Fold de Kangding Ray. En el tintero queda el teaser de su futura ópera prima, permanente work in progress confesional. ¡Enhorabuena!


A mi madre le gusta el cine trash: ¡se desvela el misterio!

¡Saludos, mis queridos amiguitos! ¡Sí, soy nueva en este blog! Soy la Dra. Freudstein, madre de Desperdicios y Supermierda, y quiero recomendaros una película abominable, una zetosidad que se os subirá a la cabeza. ¡Bien! Se llama Village of the Giants (1965), y su perpetrador fue el hombre-orquesta de la serie B, Bert I. Gordon (Mr. B.I.G)... ¿Listos? ¡Bien!

Pues Gordon, realizador, productor, guionista e incluso supervisor de los efectos especiales (1) de cochambres como El gigante ataca (aka El asombroso hombre creciente, The Amazing Colossal Man, 1957), La araña (Earth vs. the Spider, 1958), The Magic Sword (1962) o El hechicero (The Witching, aka Necromancy, 1972), decidió adaptar la notable novela de H.G. Wells El alimento de los dioses (1903) y le dio para un par de paupérrimos productos, tan menores como inclasificables (2): Village of the Giants y El alimento de los dioses (The Food of the Gods, 1976). El segundo título ("based in a portion" del original de Wells) supuso el desafortunado retorno de Gordon, veinte años después, al gastado tema del gigantismo animal efecto de la radiación, una de las grandes obsesiones de su cine y de la ciencia-ficción U.S.A. de los años 50.



¡Pero Village of the Giants es un film muy superior! ¡Una mezcla de Johann Swift y Herman Cohen! ¡Adolescentes gigantescos que aterrorizan a sus mayores en el escenario de una tradicional small town americana! ¡Glubs! El bichorrarismo, ese sentirse diferente característico de tan decisiva etapa vital, es explotado por un Gordon a la vez destajista y visionario, ofreciendo un demente e involuntariamente acerado retrato de la sociedad de la época: la extrañeza y el desarraigo juveniles –que habían sido reflejados en films tan dispares como ¡Salvaje!/The Wild One, Laszlo Benedek, 1953, Rebelde sin causa/Rebel Whithout a Cause, Nicholas Ray, 1955, y Teen-Age Crime Wave, Fred F. Sears, 1955- toman cuerpo en una desmandada panda de adolescentes oligofrénicos a medio camino del Marlon Brando más cazurro y vándalo, los precursores beatniks -ya vistos en The Beatniks, Paul Frees, 1960; The Flesh Eaters, Jack Curtis, 1964...- y la ulterior Familia Manson... ¡puagh!

¡Bueno, pues así es! La culpa de todo ello la tiene el científico precoz interpretado por Ron(ny) Howard tras sus gafas de pasta: “Genio” (sic) ha inventado una sustancia que, ahí es nada, hace crecer desmesuradamente a todo aquél que la ingiere. En principio, se trata de un remedio para paliar la escasez de alimentos en el mundo, pero ocho jóvenes gamberros se apropian del preparado y lo toman, con resultados predecibles.

¡Mi amigo Sami Natsheh define muy bien la moral zetosa del film! ¡Veamos!: “Chicas en bikini, chicos con corte de pelo imposible y, en medio de todo ello, gansos del tamaño de elefantes que bailan rock and roll (...) Hartos de que les digan lo que tienen que hacer, su nuevo tamaño les permitirá mantenerse en un estado en el que ya nadie les puede ordenar hacer nada, pasando a ser dueños de sus actos (actos irresponsables por los que finalmente pagarán)” (3).


¡Je, je! ¡Pues sí que pagan por ellos! ¡Por cierto! Un jovencísimo Beau Bridges lidera el monstruoso grupo salvaje y acneico y el malogrado Jack Nitzsche le pone psicodelia al film. En cuanto a Gordon, vuelve a hacer uso reiterado de rácanas transparencias y sobreimpresiones para simular el gigantismo de los jóvenes protagonistas y nos regala uno de los mejores momentos del género (seguramente inspirado por Attack of the 50 Foot Woman, Nathan Juran, 1958): aquél en que uno de los rednecks agredidos acaba agarrado a la maqueta del espectacular busto de Joy Harmon... ¡Y eso es todo, niños! ¡Me despido por el momento! ¡Os veo luego! ¡Ahora adiós!

(1) “Todo un experto, pues, que dio lo mejor de sí mismo (lo más naïf, sin tapujos, sin dobles lecturas, con transparencias imposibles, inocente disfrute de sesión doble en sala de barrio o de fiesta freaky ante el DVD)”: Casas, Quim, BIG, Contrapicado.net, editorial 23, marzo 2008.
(2) Gordon volvería de nuevo a Wells en la imposible, deliciosamente demodé Empire of the Ants (1977). Para más información, acude a http://absencito.blogspot.com/2005/01/b-art.html y http://absencito.blogspot.com/2006/01/ratas-gigantes-de-artesana.html, donde el sabio Absence, gran exégeta de Mr. BIG, loa las virtudes de ambos films.
(3) Village of the Giants, pasadizo.com.


martes, 10 de junio de 2008

Barcelona Connection: The Pyrinerds


En Emergentes & Sumergidos estamos de enhorabuena: nuestro querido amigo Rafa Ayuso, creador sonoro novedoso y vanguardista, más bien el hijo monstruoso y arty de Martin Hannett y Philip Glass, aparece citado en el número de este mes de ARTO!:


“El cerebro que se escondía detrás de aquellos míticos músico-performers llamados Taquicardigans tiene un nuevo proyecto. Los Pyrinerds nos regalan un espacio de relax onírico y evocador donde los haya. Slow-pop preciosista perfectamente aderezado con inteligentes textos y ¡ah! ‘Altar de pena y gloria’ puede que sea la única canción dedicada íntegramente a un coño. ¡No os los perdáis, por favor!”.


Desde este web-blog animamos a los rezagados a escuchar sus sugerentes greguerías pop: www.myspace.com/thepyrinerds

viernes, 9 de mayo de 2008

"Comet". Modo para una extinción


Por Luis López Carrasco.

“Ahora que se supone que no debe soñar, es cuando Manuel sueña.”

Cómo decir adiós al realismo costumbrista castellano y construir una obra ineludiblemente local y a la vez, y sin que sirva de precedente, rabiosamente contemporánea. Un texto del que sólo cabe decir que corresponde al Aquí y al Ahora.
(Y cuando digo contemporáneo me refiero a una mirada que peine el pasado reciente y lo extienda en una mesa de operaciones, cuando digo contemporáneo me refiero a compendiar y formular los hallazgos literarios de la segunda mitad del siglo XX e introducirlos en lugares tan poco habituales como un festival de música céltica en Omajo, Cantabria. Cuando digo contemporáneo no me refiero a supuestos tics de la cultura de masas, con sus zappings, sus blogueces, su merchandising avant-pop y su postmodernia –fresca y simpática por poco habitual en Españita aunque, en el fondo, más “actual” que “contemporánea”-.) Cuando digo contemporáneo no me refiero a poner un anuncio de Vodafone dentro de la novela.

Cómo hacer una radiografía de la normalidad, cómo introducirse en los rituales de una generación X que no tiene el lustre de pertenecer al Imperio, que en vez de grunge tiene Celtas Cortos y Rosana. Cómo confeccionar un manual del provincianismo más apagado, los treintañeros de los noventa, los nuevos colonos de las grandes superficies, que todavía rescatan Tubular Bells y Dire Straits en cintas de cassete para el coche, que compran cervezas de importación para darse un capricho, que emigran a islotes urbanizados por y para la clase media en los que "probar junto a todos los demás los nuevos sistemas de alarma". Espacios periféricos y modulares, nuevos barrios de trazado limpio en los que “no queda ni un centímetro cuadrado para lo silvestre; cada hierba es un ejercicio, cada curva, señal o caseta de perro, un plan a infinito plazo.”

Cómo construir un anti-héroe ya antes visto, Manuel el ex empleado de la Caja de Ahorros, que circunvoluciona en espirales cada vez más alejadas de la realidad junto a su hija de tres años y una mujer de pueblo, enamorada de él como una yegua a su amo. Cómo programar para ellos un viaje a los laberintos cotidianos del desempleo, jornadas en las que se dan cita las experiencias menos prometedoras que se puedan imaginar: cruzar a una pareja de perros Airedale Terrier, comprar tiendas de camping, encargar una cómoda estilo sarraceno en una carpintería, visitar a un quesero que quiere hacer un atlas de quesos europeos, charlar sobre balonmano regional, subir al monte a ver una berrea… y cómo integrar en todo ello el nombre mágico de Comet, el campus norteamericano en el que Manuel podría terminar su inacabada tesis sobre los hombres-ave.

Cómo disolver un lenguaje descriptivo y costumbrista a fuerza de llevarlo al extremo de lo vetusto y lo caduco, un lenguaje de Jara y Sedal al que se le inoculan los vértigos del siglo XXI en una ficción alegórica que sabotea la novela y la convierte en otra cosa. Cómo convertir la Alcarria en Comet, la Antiterra de Pablo Díez. Cómo ordeñar a Delibes hasta que te salga Nabokov. Cómo meter a Richard Ford en la cornisa cantábrica, con ecos de Franzen y De Lillo, y nutrir esa ficción con divulgación antropológica, con erudición botánica, con un humor impasible que corroe el paisaje lentamente… Y cómo sustituir paulatinamente esa ficción por la resonancia y la fuga de Comet: el reino del oscuro profesor Dylan Rebhorn, la sombra de Manuel, su contrapunto, su cazador.

“Querido Manuel,
Quisiera aprovechar esta carta para tranquilizarte. Esos dolores de espalda repentinos son del todo normales. (…) Tus preocupaciones están totalmente infundadas: es cierto que las alas de los hombres-ave nacen de repente y que empiezan con un dolor parecido al que tú sientes, pero siempre a más temprana edad. No se conoce ningún caso de hombres-ave que hayan reproducido sus alas más allá de la adolescencia; no hay absolutamente ningún caso documentado al respecto (…) El otro día estuve revolviendo la casa, y por fin pude ver fotos de Dylan Rebhorn. Parece un cuáquero, con la barba sin bigote enmarcándole la cara (…) Rebhorn tenía manías muy raras, manías que exceden la genialidad de la ciencia, quiero decir. Vera me ha confesado que tenían una vida sexual de lo más matemática y sistematizada. Por lo visto Rebhorn no utilizaba preservativos, sino que antes de cada acto sexual, embadurnaba el sexo de su compañera con un ramillete de plantas abortivas (…)

En un momento de la novela, una manada de ciervos invade en silencio una estación de servicio vacía, empuja las mesas de desayuno, se come los bollos caducados, abolla la máquina de café… sólo Manuel lo verá o creerá verlo. Manuel, resistente sin resistencia, lo contemplará todo antes de que el mundo despierte. Pero una vez que el mundo haya despertado, a él no le quedará más remedio que una discreta extinción. Manuel, empeñado en la consecución de un patrimonio, de un carnet de identidad que lo nombre ciudadano de la realidad, estará destinado a observar desde lejos a todos esos hombres cuyo “patrimonio les corre rojo por las venas y les sale blanco y viscoso por un costado del pene, y si alguien se lo reclamase ante las más sagradas instancias, ellos sólo tendrían que mostrarlo dentro de un bote de plástico como una certeza inapelable. “Aquí dentro van mi padre y mi madre, mi mujer y mi hija, los caballos de vapor de mi todoterreno…”, eso dirían, “soy lo que como y hago, ni crezco ni decrezco, me hago viejo con brevedad, me fundo en el suelo del que nunca he llegado a despegar”.

Comet habla de la extinción confesa de Manuel pero también habla de la extinción de un lenguaje realista que ya no tiene cabida en la narrativa española. El mundo que Manuel contempla se desintegra en silencio, del mismo modo que la narración realista de Pablo Díez se contamina de fábula y despega lejos, muy lejos de aquí.

martes, 8 de abril de 2008

La verdad sobre el rock cristiano

Todo está en los libros, como decía la inolvidable tonada de Negro sobre Blanco, aquel llorado programa cultural con nombre de video gay y presentador con satiriasis. ¿Queréis saber la verdad sobre el rock cristiano? Gracias a Eiren Israel, autor de los fundamentales Dejadlos, son ciegos guias de ciegos y ¿Realmente vendrá Cristo en el año 2000?, es posible.


Amazon lo describe así:


"Este libro demuestra que, lejos de ser una inocente forma de entretenimiento religioso, este tipo de musica es destructiva para la salud espiritual de sus adeptos. Debajo del barniz biblico del rock cristiano y sus populares variantes contemporaneas, se encuentra uno de los más sutiles engaños a la juventud. * Que efectos subliminales tiene la musica Rock en el alma * ¿Cuanto ganan los cantantes de Rock Cristiano? * ¿Se trata de un ministerio o de un negocio millonario? * Los principales pretextos de los promotores del Rock Cristiano, cada uno refutado biblicamente * Como diferenciar entre la verdadera musica cristiana y las falsificaciones espirituales. Todo pastor y ministro juvenil debe estar al tanto de la valiosa información aqui expuesta."


Aquí tenéis los índices y el prólogo. Hablan por sí solos.

domingo, 9 de marzo de 2008

"Veíamos muertos todos los días"


Por Luis López Carrasco.

"La fotografía, incluso la instantánea, tiene una pretensión
completamente diferente que la de representar, ilustrar o narrar (...)
Pretende reinar sobre la vista."
Gilles Deleuze

Se regalaron cámaras. Cada vez eran más y más baratas y, en un determinado momento, su precio prácticamente desapareció y todo el mundo tuvo una.

Todo había sido visto. Porque nada que no hubiese sido visto había sucedido. Era muy importante, por lo tanto, grabar todo lo posible, así existirían más cosas. La información sobre las cosas se superponía a las propias cosas. La información viajaba lo suficientemente rápido como para que su origen siempre quedara atrás. La información llegaba antes que los cuerpos y, muchas veces, llegaba en lugar de los cuerpos.

Eran años en los que la televisión se había convertido en el supermercado del pasado. El pasado se vendía al por mayor, todo el mundo tenía el mismo. Así que, con ánimo de diferenciarse, los usuarios se dedicaron a generar su propia memoria, las cámaras permitieron individualizar el pasado. Lo podríamos denominar la lucha por la visibilidad. Lo importante ya no era ver sino ser visto. Más importante que la experiencia era el signo de esa experiencia. Los signos crecieron. Y se multiplicaron. El gesto tenía mayor alcance que el acto. La metáfora se dio la vuelta: el referente emanaba de lo representado, la huella acomodaba al pie.

Describíamos la fotografías en presente, muchas veces en gerundio. “Este soy yo, pescando en el lago X.” Nos convertíamos en momentos. Una colección de instantes extraídos del tiempo. El vídeo nos dio la ilusión de la duración. Era falso, lo que pasaba es que los instantes se habían multiplicado. Y estaban muy juntos.

La existencia estaba perfectamente documentada. Jamás nadie tendría tiempo de ver todo lo que había grabado. No importaba, la imagen, a diferencia de lo que muchos pensaban, era más sagrada que nunca. Porque grabar era como vivir dos veces. Lo podríamos denominar posteridad doméstica.


El pasado nunca estuvo tan cerca, el pasado nunca fue tan grande. Todo el pasado que una persona pudiera generar se encontraba bajo las yemas de los dedos, a golpe de clic. Estaba a la vista. Estaba al alcance de la mano, nunca mejor dicho. Y sin embargo, ¿era pasado estando como siempre estaba ahí delante, encima de la mesa, enmarcado en plata de ley? ¿Era pasado algo que se podía revivir instantáneamente? Todos los registros se conjugaban en presente y todos estaban a la misma distancia, a la misma no-distancia. Formaban parte de nuestro mundo.

La memoria era un catálogo. El pasado era todo él un mismo ayer siempre recién transcurrido, tan cerca del presente que apenas se diferenciaba de él. El pasado se adhería al presente. El pasado no dejaba de suceder.

Esto no fortalecía al pasado, al revés. Cada vez que una imagen se desarrolla ante nuestros ojos, se vuelve presente, se llena de presente y, a su vez, se vacía de su propio pasado. No nos convoca ella a nosotros, nosotros la convocamos a ella. Cuanto más presente se registraba, más se debilitaba el pasado. El presente lo abarcaba todo, lo ocupaba todo. El futuro se volvió obsoleto.


Un día ocurrió un milagro y, como todo verdadero milagro, pareció un suceso intrascendente. Una persona, acostumbrada a grabar y ser grabada, dejó de saludar a la cámara, dejó de reparar en ella. ¿Por qué razón iba a hacerlo? Formaba parte del entorno. Del mismo modo que no prestamos atención a los zapatos sobre los que caminamos o a la cama sobre la que dormimos, no hacía falta prestar atención a las cámaras. A partir de ese día, más y más personas se comportaron de tal modo. Y nadie habló de ello. Se dio por supuesto que las cámaras siempre habían estado allí.

Ya no se grababa en un soporte físico, los registros se archivaban automáticamente. Al descomponerlos numéricamente, la digitalización permitió comprimir los objetos. El saber ocupaba lugar, pero menos. El ser humano se igualó a la cantidad de información que pudiera producir, era un archivo de imagen y sonido cuantificable. La cámara se convirtió en un segundo cerebro que contenía el registro de toda la existencia. Dejar de grabar era dejar de existir.
Al llegar la muerte se encajaba un monitor dónde antes había una lápida y se proyectaba una película bucle que duraba toda la vida de una persona. Ése era el método tradicional, lo más normal -en una época en la que Internet había devaluado el espacio físico hasta hacerlo innecesario-, era colgar el archivo en la Web, en dónde podía ser consultado. Los registros eran así accesibles desde cualquier punto del mundo a la velocidad de la luz. Una parte de Internet se convirtió en un álbum de los muertos, un cielo inmaterial en el que todavía se escuchaban las risas y los llantos de todos aquellos que habían desaparecido. La cantidad de registros era inabarcable; del mismo modo que hay más muertos que vivos, había más imágenes de personas que personas. El mapa era más grande que el territorio.Veíamos muertos todos los días. Y todo formaba parte del momento presente, todo era recuperable. La noción misma de recuerdo se suplantó. No había recuerdo porque no había olvido. El presente perpetuo, eternamente conjugado, eliminó la cronología, el progreso y el desarrollo. No era circular, era inmóvil. La memoria era tan extensa que ya no necesitábamos el tiempo.

viernes, 29 de febrero de 2008

Futuros Domésticos: "El día que nos compramos el satélite y otros cuentos"


El cuento empieza tal que así: “Estaba terminando de escribir el código de cuenta para completar la transacción por internet cuando Moskowitz llamó a la puerta.

- ¿Sabes qué me pasa últimamente? ¿Sabes qué me pasó anoche? ¿Me escuchaste anoche? Me desperté otra vez, duermo fatal (Dijo Moskowitz y se encendió un cigarrillo mientras yo miraba la fecha de caducidad de la tarjeta de crédito y pulsaba las teclas correspondientes). Me he despertado esta noche a las cinco y me he dado cuenta de que es algo que me está pasando desde hace unas cuatro noches. La cosa es que me despierto porque estoy soñando que estoy follando con unas tías, me las estoy follando bien, a gusto, y entonces me despierto. Me despierto de lo cachondo que estoy. Me intento volver a dormir pero no puedo porque estoy totalmente empalmado, estoy muy, muy cachondo, entonces me tengo que hacer una paja porque si no, no hay manera humana de que concilie el sueño. Me hago una paja en mitad de la noche y me duermo otra vez. Y ya son cuatro noches. (Moskowitz hablaba, a pesar de que yo tenía puestos los tapones para los oídos, ¿por qué me contaría todo esto? Yo no podía dejar de pensar en la compra que estaba efectuando y en todas las ventajas que nos ofrecería.)

- ¿Y Raquel que piensa de todo esto? -le dije, y esperé, mientras la central de datos comprobaba el saldo de mi tarjeta.

- A Raquel como podrás entender, no le he dicho nada.

- Entiendo. (El número de serie era el Z99DFRBYV-37, se lo susurré a mi robot Espléndido y él me lo escribió en el cuaderno de mano y en el teléfono móvil -el número de serie era fundamental para validar la garantía-, le dije adiós con la mano a Mosko y saludé de nuevo a todos mis amigos del Espacio Interior y pensé en lo que ocurriría ahora que iba a dejar de arrastrarme por la tierra e iba a aparecer en todos los hogares a todas las horas en todas las cadenas, ¿cuántas veces me haría falta a partir de ahora? ¿Cuántas veces sería yo mismo necesario a partir de esta noche? - me pregunté ésta y otras preguntas sin respuesta, mientras la firme mano de mi jefe de grupo y colega, Jesucristo Schoppenhauer, me indicaba el próximo poblado a aniquilar...”

Así comienza el tercer y último libro de Guillermo Rome, el primero de este escritor argentino que se publica en España. El día que nos compramos el satélite y otros cuentos (Ebecé Editores, 2.007) inaugura en nuestro país a un escritor que ha alcanzado una creciente popularidad en su país de origen –su segundo libro, La rebelión de los cuerpos (Amaranto, 2.003), fue finalista del prestigioso Samuel Esquivel, Ebecé ya ha anunciado su inminente aparición por estos lares-. En El día... se funden en un abrazo adorable el Realismo sucio y la serie B de los cincuenta, la descripción sucinta de la clase media y las interferencias alucinatorias de la cultura de masas, los ataques de gota y la amenaza alienígena, los despachos de la Casa Blanca y el Chavo del Ocho, robots en huelga, ferias de ganado, peluqueros cineastas y una larga nómina de hombres y mujeres que Rome perfila con una calidez y afecto poco habituales. Ya que por muy extraterrestres que nos puedan parecer las peripecias en las que se embarcan los protagonistas de cada relato, el tono es siempre tranquilo, sin aspavientos, la anécdota siempre es otra. Como si Jarmusch estuviera rodando a Bradbury.


“... en un momento de la partida pierdo a mi batallón y tras un giro de muñeca aparezco al pie de los océanos de Ruido. Camino por la costa como un turista más, las Voces Dispersas me saludan desde la otra orilla, jingles del siglo pasado y telefonía predigital entrechocando en el oleaje, (caminito de Belén...hemos quedado a las cinco en el Cine Avenida...los pastores son primores en el portal de Belén...me ducho y te recojo a la salida...el chuleta de un barrio llamado Bel Air…los tipos de interés suben medio punto...la Virgen y el niñito juegan en el caminito...llega febrero y con él las lluvias...), todas esas voces que me recuerdan que yo también soy una voz y que me piden que me una a ellas. Todas esas voces que imitan el timbre de las personas que he conocido y que me ponen terriblemente melancólico (¿Hijo? ¿Eres tú, hijo? No te veo... ¿Dónde estás?). Un mochuelo con chistera me tira de la manga, es Tolo, mi otro compañero de piso, caracterizado para el Kurby´s Adventures:
- Cuando tengamos el satélite, ya no tendremos que pasar por aquí, ¿verdad?
- No, claro que no. Estoy esperando a que chequeen nuestros contratos de trabajo. Lo pagaremos en cuarenta cuotas trimestrales, a lo mejor esta misma noche podemos hacer el pedido.
- Eso sería cojonudo...”

Si los primeros relatos de la colección todavía se permiten ciertas injerencias barrocas, oníricas, puramente alucinatorias -el llamado Espacio Interior, que nos recuerda a la Confederación Umbilical del primer libro de Rome, Los mejores amigos del mundo (Amaranto, 2.001)-, a medida que el libro avanza asistimos a un progresivo –y yo diría que definitivo- allanamiento de la prosa. Menos Gibson y más Chejov. Rome se desembaraza de su habitual carrusel de feria verbal, el componente mágico-festivo se aplaca, la prosa se achica y los tirabuzones líricos son enterrados por oleadas de césped recién cortado, uniforme y limpio. El narrador se dedica a observar la fantasía circundante con mayor economía de medios, como si su principal interés fuera únicamente levantar acta del relato. Los tres últimos cuentos (Las muchachas azules, Atardecer en la selva, Abuelos bajo tierra) serían casos paradigmáticos de este estilo, así como el magistral Papá está estropeado, posiblemente la mejor pieza del libro.

“Dejó a los pequeños mirando la Magic Box y se fue a la cocina a preparar la cena. Mientras abría la lata de Raviolis se acordó de algo y salió al jardín. Allí estaba su madre, fumando, mirando fijamente la espalda del hombre del Servicio de Reparación. El hombre se secó la frente con un pañuelo y removió algo dentro del vientre de su padre. Elisa escuchó un sonido crujiente ahí dentro, como si su padre tuviera papel de embalar en el abdomen. El técnico resopló y se levantó con esfuerzo.
- Esto no lo voy a poder reparar hoy. Se le ha desajustado un zapo y se lo vamos a tener que cambiar porque está todo quemado ¿lo ve? Esto ya no vale, esto lo puede tirar a la basura. Tengo que pedir el recambio a central, pero no llegará hasta la semana que viene.
- ¿Y el amarillo? ¿El amarillo tiene que ver con eso?
- ¿El amarillo? A ver…
Elisa escuchaba el sonido del tráfico tras la cerca, atardecía, y todos los miembros operantes del turno de mañana volvían a sus casas. Su madre se marcharía a trabajar enseguida. Abrió la boca, pero no dijo nada y se volvió a la cocina. Los niños saltaban encima del sofá.
- Tenemos hambre, tenemos hambre.”


Raymond Carver se pone su bata y se recalienta un café aguado. Al mirar por la ventana de su apartamento ve un universo 3D, la línea del horizonte es una sucesión de polígonos fluorescentes. Raymond está acostumbrado: el paisaje electrónico en el que juegan niños con lanzagranadas de colores es el que ve todos los días al despertarse con resaca y sin empleo; no es lo que le preocupa, ni tampoco es lo que preocupa a su narrador. Lo que le preocupa es llegar a fin de mes. Esa capacidad de Rome de encontrar –de reencontrar, de algún modo- los motivos cotidianos, efímeros, poco espectaculares o irrelevantes de cada situación, al margen del serial de ciencia ficción en el que se halle inmersa la trama, es lo que le diferencia de la hornada de nueva narrativa norteamericana que se aglutina en torno a la revista McSweeney´s y con la que se le podría emparentar en un primer vistazo. Rome no participa de la frialdad o el cinismo de Foster Wallace, de Palahniuk o de Eggers. Si por lo descrito anteriormente, El día que nos compramos el satélite, puede parecer un primo hermano del pulitzeriano Guerracivilandia en ruinas, de Saunders, el punto de vista de Rome es más cercano y “realista” –realista en el sentido menos evidente de la palabra-, algo que lo aleja de este autor norteamericano y hace que, desde mi punto de vista, lo supere con creces. Rome no utiliza a sus personajes para hacer un chiste. Al revés, cuando el efecto, el ingenio, la sorpresa final se revela, sus personajes miran a otra parte. Los fuegos artificiales estallan en el cielo, el mundo se ha salvado de una nueva amenaza, pero Capitán Comando baja la persiana y termina la partida de cartas con su vecino. Muchos de los procedimientos que utiliza Rome como la reformulación desmitificadora de iconos populares, la intersección de la literatura como compendio y reajuste de la fábula de los media –el serial televisivo y el cómic, pero sobre todo el videojuego en el caso del argentino-, y la redefinición de las páginas traslúcidas de la Historia –recordar el descerebrado cuento Obamarama- nos acercan a las propuestas de Barthelme o Coover; pero muy probablemente, si tuviéramos que buscarle algún padrino al escritor argentino ése sería Kurt Vonnegut, como el propio autor ha reconocido en alguna entrevista.

Guillermo Rome, caracterizado como Rocketman en los Encuentros Dígito(s)

“Calentamos un matecito y Armando puso la radio que no se oía. El túnel permanecía oscuro y silencioso, sólo interrumpido por los chispazos de estática del transistor. Manuel empezó el siguiente chiste:
- ¿Saben en qué se diferencia un judío de una pizza?
- ¿Qué es un judío?- preguntó el nieto de Alfredo, mientras se probaba un casco de Piloto de la República que le venía grande.
- ¡Aquí tienes a uno! –dijo Manuel y le azotó en el culo. El niño salió despedido y correteó hacia el túnel llamando a su madre, brillando en la oscuridad con un apagado fulgor verde. Alfredo comentó algo pero ninguno de los que estábamos allí le escuchamos, la estática había desaparecido, la radio no emitía ningún sonido. Alguien apagó la luz y me arrastré como pude bajo el catre, me subí la cremallera del mono antirradiación y cerré los ojos, aunque de todos modos no vería nada. No vería nada en mucho tiempo.”

El día que nos compramos el satélite aparece como un espacio de transición en el trabajo de Guillermo Rome. Un espacio de transición que, a la espera de su última novela, -Bowman, prevista para el 2.009– se prevé bastante fructífero: Rome presentará en el próximo salón del cómic de Barcelona un proyecto conjunto con Miguelanxo Prado llamado Untitled#7 y un CD de versiones de Blur a la guitarra flamenca llamado Modern Love is Selfish. Una oportunidad más para comprobar una de las múltiples facetas de una de las voces más prometedoras de la literatura contemporánea, cuya nueva entrega es una ocasión inmejorable para interrumpir, aunque sólo sea unos instantes, el zumbido perenne y constante de los océanos de Ruido.

“Antes de acostarme volví a comprobar el número de pedido, el satélite nos llegaría por mensajero en un máximo de veinte días. En el living Tolo y Moskowitz se habían acabado la mitad de pizza de Marina y empezaban con los bordes que yo había dejado sobre el cartón. Cerré la puerta y apagué la luz, repentinamente cansado. Veinte días, pensé, tumbado en la cama. Por primera vez en todo el día me quité los tapones de los oídos y cerré los ojos, mientras el zumbido perenne y constante de los océanos de Ruido lo inundaba todo a mi alrededor y yo me quedaba profundamente dormido.”

Por Luis López Carrasco.